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Zuera, en vía muerta

El proceso de desestructuración que viene experimentando el Ayuntamiento de Zuera desde que el PP se hizo cargo del mismo no ha llegado todavía a su fin. Aunque sí es cierto que posiblemente haya entrado en una nueva fase, desde que el anterior alcalde, atormentado por la impotencia y la pérdida de cariño partidario, ha optado por una maniobra que le permite permanecer informalmente en el cargo.

Lo normal es que el deterioro continúe porque ninguna de las causas que están en el origen de la degradación institucional han llegado, siquiera, a ponerse en cuestión.

La ausencia de visión política.

Para las gentes del PP en el Ayuntamiento, la política se reduce a mandar, cuando gobiernan, y a añorar el mando, cuando están en la Oposición. Y eso en esos tiempos que corren, -y no nos referimos a la crisis, sino a la democracia-, se nos antoja poco bagaje para hacer frente con garantías, tanto a la gestión municipal como a las imprevisibles y muy variadas situaciones que tanto la sociedad como el propio sistema democrático generan de manera permanente. La democracia es hija de la libertad y la diversidad, en tanto que el mando es una simple derivación del poder, que ni siquiera precisa gozar de predicamento o prestigio para ser ejercido. De ahí que la ausencia de sentido de lo político esté en el origen de la falta de sintonía básica que siempre ha existido entre el PP y el resto de los grupos políticos, sean estos socios o no socios. Como mucho ha existido una comunidad de intereses ante un adversario político identificado como enemigo, al uso de lo que entiende como tal, el jefe de policía de Valencia. No hace falta que diga en este caso, de quién se trata.

Cuando un partido político no obtiene la mayoría absoluta en las urnas, que le permita gobernar sin ataduras, tiene dos alternativas: o pactar con otra fuerza política o intentar gobernar en minoría. Ambas opciones implican servidumbres o, si se prefiere, renuncias. A su ideario, a su programa- si es que lo hubiere- o simplemente a “sus planes”. Tales servidumbres conllevan además determinadas  dosis de riesgo no previsto. Pero es sabido que ese ingrediente en política es siempre inherente a cualquier toma de decisión  sujeta a circunstancias sobrevenidas. Cuando se está en, y mucho más cuando se vive de, lo político, ése es un principio elemental que hay que entender, sin que para ello se requieran mayores explicaciones.

Aquí hubo un pacto hace unos años entre los dos partidos de la derecha cuyo sustrato electoral dominante es común a ambos. De ahí que ambos compartan  los mismos principios ideológicos – es un decir- y las mismas ilusiones: básicamente, que no gobiernen los socialistas. De ese magma  social es de donde ha surgido históricamente la representación del PP y de donde procede también la última remesa del Par.

Ése viene siendo tradicionalmente el impulso motriz, el hondo y atávico componente social que nutre sus candidaturas, al que, lógicamente, hay que añadir, los perfiles y apetitos personales que, como se sabe, el algunos casos son más desordenados que en otros. Es decir, ausencia de la política y animadversión a “la contra”, matizada en función de connotaciones  personales.

Sin embargo, no  son esos prejuicios o condicionantes de partida los únicos factores que vienen a dificultar una gestión eficiente o, simplemente aseada de los asuntos públicos cuando ellos gobiernan, sino la manifiesta falta de solvencia que invariablemente ponen de manifiesto cada vez que acceden al poder. Es la suya una insolvencia generalizada y ambiciosa, trepadora. Asoma y empieza a hacerse patente allí donde termina el sentido de la responsabilidad de los trabajadores y el personal funcionario y el municipio queda a merced de la capacidad organizativa, gestora y política de nuestros dirigentes, que como todo el mundo sabe, aunque buena parte se lo calle,  es extraordinariamente deficitaria. No obstante, llama poderosamente la atención, que  en un momento como éste, en que la práctica totalidad del personal está dedicado a tareas ordinarias y de mantenimiento, los llamados políticos no sean capaces de solventar los pocos problemas que no son resueltos por el personal de la plantilla. Los verdaderamente importantes, los que ellos mismos han creado.

Lo último que hemos podido comprobar es que tampoco saben concertar y articular pactos políticos que estabilicen el normal funcionamiento de la Institución y transmitir serenidad y confianza a la ciudadanía.

El recurso de achacar la responsabilidad  de los fracasos políticos a cuestiones personales es sencillamente ridículo. Además de inmoral, claro. Porque lo que está en juego no son en ningún momento, los intereses de los interlocutores, ora socios ora contrincantes, sino los del municipio y los de las gentes que en el mismo habitan. Ese municipio y esas gentes a las que sin embargo, no se cansan de adular siempre que la ocasión pública se presenta, pero a los cuales ignoran por acción u omisión en sus tomas de decisión.

Es cierto que en los acuerdos y los pactos también intervienen los perfiles, caracteres o cataduras de los representantes políticos, pero esto es una mera cuestión secundaria que debe quedar relegada y sometida a los contenidos de los pactos. Porque los pactos son la política, los proyectos, la ejecución de los programas, el reparto de responsabilidades, etc…todas aquellas cuestiones que inciden o afectan directamente al interés general. Por eso deben ser posibles y públicos. Por respeto a las instituciones y sobre todo a los ciudadanos cuyos intereses, se supone, están en ellos representados.

Nada de todo ello ha sucedido en Zuera, donde en ningún momento ha transcendido hasta la opinión pública el contenido de pacto alguno, ni el que se presuponía tras las elecciones de 2007 ni el que, al parecer, se dio en el 2011 y que recientemente, parece ser, ha quedado extinguido o “muerto”, al decir de otros.

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