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Zuera 4 de abril de 2003

La empresa en la que estamos inmersos es de las que se asientan en el largo plazo. Hasta tal punto lo es, que yo creo que no se dará nunca por acabada. Me refiero una vez más a ese legítimo y permanente intento de dejar constancia de lo que somos y de cómo lo vemos. Estos días estamos evocando el momento, mágico para muchos de nosotros, en el que los restos de Odón de Buen llegaron a Zuera y fueron depositados en el moderno panteón que, aunque tarde –casi setenta años-, habíamos levantado en su honor.

La democracia había ido poco a poco desempolvando su memoria, las Escuelas habían vuelto a ser el colegio Odón de Buen y el busto, obra de Benlliure, repuesto en su pedestal de origen. En el deseo de recuperar el tiempo perdido y ganarlo para el futuro se urbanizó una plaza que con el tiempo habría de suponer junto con la Avenida de Candevanía el necesario nexo de unión entre el Zuera del casco viejo y el del Ensanche. Dos mundos, por aquellos años, muy necesitados de reconocerse como miembros de una misma comunidad. Qué mejor nombre para integrar “ambos zueras” que el de una persona cabal, un paisano cuya brillante y competente trayectoria profesional había honrado como nadie antes, el nombre de Zuera y al cual los accidentes de la historia habían privado del sosegado y feliz final que todo hombre de bien merece.

Así habían quedado las cosas hasta el momento en el que la familia planteó la posibilidad de trasladar sus restos y, de esta forma, dar cumplimiento a su voluntad última de descansar en Zuera, junto a su esposa Rafaela Lozano, en el momento que fuera posible.

Ese momento llegó  un día de estos, de hace diez años y marcó un hito en la historia de esta Villa. La confluencia de elementos que configuraron aquel acontecimiento, desde la creación del Comité de honor presidido por su Majestad, el Rey, la implicación de instituciones y organismos públicos y privados, la masiva afluencia de zufarienses y visitantes a los actos y la amplia cobertura mediática convertirían aquellos días en un ritual de reconciliación que marcaría un antes y un después en la relación con nuestro pasado. Ciertamente ese sentimiento no fue del todo generalizado, porque ”lo que no puede ser no puede ser y además es imposible” (Talleyrand dixit), pero tampoco esa circunstancia pudo empañar la emoción y la extraordinaria alegría del momento.

Desde entonces la figura de Odón se nos ha hecho más presente y cotidiana. En el colegio que lleva su nombre los niños lo recuerdan y le cantan cada año por su aniversario. Cuantos nos visitan, se marchan asociando sus referentes urbanos y la imagen de su mural a nuestro patrimonio cultural. Su nombre ha obtenido un mayor grado de penetración entre la sociedad aragonesa para quien era un casi perfecto desconocido y no han faltado estudiosos e ilustrados que se quedan sorprendidos  cuando descubren la magnitud del personaje y su talla intelectual y humana. Finalmente, estamos nosotros, desde el Centro de Estudios que lleva su nombre intentando velar para que la historia, que tan dada es en dar pasos hacia atrás, no nos vuelva a jugar otra mala pasada. Lo queremos vivo, y para siempre.

Quiero cerrar este breve recordatorio, evocando la numerosa y generosa presencia que tuvo la familia y los descendientes de Odón en los actos a los que acabo de referirme. La presencia y la trascendencia. Venidos muchos de ellos de lugares tan lejanos como México, Chile o Canadá y otros, de lugares de España y Francia otorgaron a todo el ceremonial del traslado una mezcla de solemnidad y emoción difíciles de olvidar. Sin ese grado de compromiso e implicación por su parte, en modo alguno los actos habrían tenido la brillantez y la repercusión social que tuvieron. O sea que desde aquí vaya para todos ellos el  recuerdo más entrañable y afectuoso tanto mío como de mi familia.

 

Javier Puyuelo Castillo

 

 

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