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Yo jamás le haría una cosa semejante…

Quién no ha pronunciado centenares de veces en su vida frases del tipo  “yo eso no lo haría” o, aún mejor, “yo no se lo hubiera hecho nunca” o similares. Es habitual el escucharlas y todavía más frecuente que, aunque no se lleguen a verbalizar, sí lleguen, al menos, a concebirse mentalmente.

Normalmente ese tipo de expresiones, verbalizadas o no, acostumbran a contener algún tipo de reproche hacia alguien. Alguien cuya actitud o comportamiento en un momento dado nos ha defraudado y nos ha hecho sentir heridos por algo que en nuestro fuero interno consideramos censurable. Resulta interesante detenerse a pensar cuando así actuamos, a qué escala de valores nos estamos remitiendo para emitir tales juicios. Existen múltiples lugares comunes o tópicos de los que acostumbramos a echar mano cuando nos conviene, tales como lo que es o deja de ser normal, lo que hace la mayoría de la gente, lo que está bien o está mal, etc. Cualquier entelequia parece ser válida con tal de otorgarnos la razón y que nuestros interlocutores nos la reconozcan. En definitiva se trata del viejo juego entre buenos y malos, en el cual, casualmente, los malos acostumbran a ser los otros. Como dijera Sartre “el infierno son los otros”.

Nuestra tendencia a emitir juicios o a juzgar a los demás debe de ser algo inherente a la naturaleza humana y tiene de positivo que nos ayuda a definirnos y a reubicarnos permanentemente en nuestro personal territorio tanto interior como exterior. En este sentido, sería bueno que nuestro particular universo de valores estuviera sometido a una permanente revisión, siquiera sea porque el mundo que nos rodea nos suministra a diario una dosis de placton que permanentemente cambia de color, sabor y significado.

Sin embargo,  no siempre es así.

No es extraño que ante ésta  para muchos impetuosa sucesión de parámetros morales, sociales y éticos, a la que nos somete el mundo actual, haya gente que sienta vértigo y quiera permanecer aferrado a “prejuiciosas esencias”, adoptando códigos de conducta conservadores. Códigos donde todo permanece inequívocamente claro y diáfano y en los que no encaja ni la crítica ni cualquier tipo de prospección intelectual. En tiempos de zozobra no hay nada como la “tierra firme” y los que ahora corren tienden a crear “tendencia”.

Afortunadamente, nunca faltan los amantes de la aventura, propensos, si no a recorrer el camino en sentido  contrario, sí, al menos, a trazar su propio itinerario. Reconozcamos  que esa también es una opción.

En cualquier caso y sea cual sea la posición que adoptemos ante los acontecimientos, la inclinación a ponernos como modelo y enjuiciar el entorno con arreglo a nuestra personal concepción de la verdad, calificando y etiquetando a cuanto/s se mueve en nuestro derredor, puede que resulte inevitable.

Señalaba al principio la necesidad perentoria de revisar permanentemente quienes somos en relación con cuanto nos rodea para poder ser identificados socialmente. Sin embargo, en esa propensión al juicio, y a la condena también habita el germen de la  falta de entendimiento, cuando no del conflicto, en cuyo origen radica la falta de aceptación de los otros, tal y como, a su manera, son, piensan y se manifiestan. Pensar que el mundo se tiene que adaptar a nuestros intereses o a nuestra particular visión de la realidad es un error, pero puede ser también una estupidez, una fuente inagotable de frustraciones. Por lo tanto haríamos bien educando a nuestros hijos y jóvenes, no sólo en la tolerancia y el respeto hacia los demás y sus opiniones, sino también en la superación de los inevitables conflictos que constantemente generamos por el mero hecho de ser como somos o deseamos ser.

Desde una perspectiva social y política, las democracias occidentales acostumbran a hacer frente a este tipo de situaciones sirviéndose tanto de las leyes como de las Instituciones que velan por su cumplimiento. Unas leyes que, como todas las convenciones ni son justas ni lo dejan de ser, simplemente son democráticas. Lo cual de por sí ya es mucho, ya que es esa condición la que garantiza que estén al servicio de los intereses del conjunto y no solamente a los de los sectores sociales “dominantes”. Es verdad que luego viene el capítulo de su aplicación y ahí llegamos en cierto modo al punto de partida, ya que quienes se encargan de aplicarlas, lo hacen también, no pueden hacerlo de otra forma, bajo el prisma de su mirada, tan sujeta a factores contaminantes como la de cualquier mortal.

Por lo tanto si aspiramos a construir un mundo, una sociedad, un entorno más amable donde arraiguen los mejores hábitos de  convivencia hemos de prestar atención tanto a los comportamientos personales como al marco donde éstos tienen lugar, ese que en nuestro caso definen las instituciones democráticas. Personalmente, en estos momentos de ventolera que nos ha tocado vivir, creo que haríamos bien en mimar y fortalecer el entramado institucional, fuera del cual las personas quedamos a merced de nuestros particulares demonios.

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