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Vuelta al manual de instrucciones

Hay momentos en los cuales, esté uno donde esté,  necesita proyectarse hacia el futuro, marcarse unos objetivos, trazarse su propia hoja de ruta y hacer acopio de determinación y convicciones para hacer frente a las dificultades que, con toda seguridad, nos vamos a encontrar por el camino.

De la misma manera que  cualquier joven recién licenciado trata, ilusionado, de imaginar el tipo de profesional en quien le gustaría convertirse algún día, y con el mismo espíritu con el que un  empresario sueña con el modelo de empresa que desearía llegar a construir, hubo un tiempo en el que algunas personas no dejábamos de plantearnos  cómo nos gustaría que fuera Zuera. Es decir, en qué dirección deberíamos avanzar para dotar al municipio de mayores cuotas de bienestar y hacer del progreso algo generalizado. En realidad no nos quedábamos ahí, puesto que acto seguido, intentábamos crear las condiciones para llevar a cabo nuestras aspiraciones que a su vez, previamente, habían sido objeto de compromiso con los ciudadanos. Actuar de otra forma podría habernos inducido, si no al fraude electoral, sí al menos a la demagogia y al engaño, actitudes ambas que detestábamos profundamente. Sinceramente, creo que actuábamos así porque partíamos de determinados valores que queríamos llevar a la práctica.

Hoy las cosas han cambiado, pero también creo que éste es un  momento excepcionalmente idóneo para hacernos este tipo de reflexiones y combatir de paso ese sentimiento de desesperanza que están generando quienes más obligación tienen, si no de exhortar nuestras ilusiones, si al menos,  de llamarnos a la entereza y a la serenidad, sobre la base de discursos claros, sinceros y a ser posible, no reversibles.

Como sabemos, no es el caso. Pero no por ello debemos renunciar a nuestra libertad, a nuestro espíritu crítico y al derecho a expresar lo que pensamos en cada momento, como recientemente se ha dejado decir Clint Eastwoord refiriéndose a Obama. Todos somos dueños del suelo que pisamos y en alguna medida, responsables de cuanto en él acontece. Y ello, por supuesto, al margen de a quienes por encargo, y solamente por encargo, les ha sido encomendada la tarea temporal de gestionar el interés público. Si además éstos, se extralimitan en su exacerbado y excluyente sentido patrimonialista, la crítica no sólo se torna necesaria, sino obligatoria e inexcusable.

Simultáneamente, casi agotados los múltiples calificativos con los que tratamos de precisar esta crisis de desconocido alcance, convendría que desde la izquierda, todavía en estado de aturdimiento, volviéramos a abrir el manual de instrucciones y partiendo una vez más de la página de la utopía, nos deslizáramos por el camino de los ideales, hasta llegar al punto de lo que se considera deseable y de esta forma poder vislumbrar lo que podría ser posible, en un futuro más o menos mediato.

Quedamos hace tiempo en que el camino se hacía al andar.

Porque no debemos olvidar que este mismo recorrido, pero sobre parámetros distintos o, mejor dicho, opuestos, partiendo de otro tipo de utopía, lo está haciendo en estos momentos la derecha del Partido Popular a lomos de la galopante crisis. Y no se van a detener, porque esa más que aparente ceremonia de sodomización  socio económica a la que parecemos estar sometidos por parte de los denominados mercados, banqueros y el mundo financiero en general, en el fondo les resulta verdaderamente placentera. No en vano va reubicando las cosas en el orden que ellos añoran y a una velocidad que, ni en sueños, podían imaginar.

Organizar la neutralización de esta operación desguace del sistema democrático y social, y de los avances en derechos y libertades que lo han hecho posible, debería ser hoy la perentoria tarea de la izquierda no reducida al ámbito de los Partidos políticos, sino encarnada una a una en todas aquellas personas que consideran que el estado, sus instituciones y sus leyes no deben quedar a merced y exclusivo arbitrio de los poderes fácticos.

Dentro de los diversos paradigmas de la izquierda, los valores de justicia, igualdad y libertad han actuado históricamente como verdaderos motores de impulsión y transformación social. A nadie se le oculta que hoy nos encontramos con un estado de desánimo, incertidumbre, y desmoralización tal, que dificulta sobremanera la ardua tarea regeneradora que hay que llevar a cabo. Pero hay que ponerla en marcha y ésta comienza por no callarse y huir de cualquier tipo de actitud que nos lleve a la resignación. Debemos evitar ese lamento constante que nos empuja a la depresión y nos va generando una suerte de divertículos neuronales donde se va alojando el miedo, sin duda el peor veneno que puede ingerir cualquier tipo de sociedad sea o no democrática. Un miedo que, como es sabido, no surge por generación espontánea, sino que nos es puntualmente administrado por aquellos a cuyo alcance está la gestión de tan lucrativo activo.

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