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VA POR JORGE MANRIQUE

Hace muchos años –porque ya hace tiempo que gozo de esa licencia- clavé en el panel de mi despacho esos versos de Jorge Manrique que, consciente y voluntariamente me han acompañado hasta el día de hoy. No sé en que momento una buena amiga tuvo la espontánea y amable gentileza de arrancarlo y devolvérmelo en un sencillo marco de plata, que ha gozado de ubicación preferente en todas las mesas  desde las que he tenido la oportunidad de “oficiar” al servicio del interés público. Estoy seguro de que no hay un texto en el universo literario que haya releído más veces a lo largo de mi vida. De ahí que llegado el momento de orientar mi actividad profesional hacia nuevos horizontes, no sienta ni apego, ni frustración ni, mucho menos, nostalgia alguna de lo que fue o pudiera haber sido. Por lo visto, también interioricé lo del afán de cada día.

De los autores que han pasado por mis manos, nadie como Manrique ha sabido plasmar con mayor concisión y sabiduría el alcance y la contundencia de lo efímero, esa  envolvente y corrosiva emanación que termina por desdibujar incluso  aquellos rasgos que aparecían perfilados a trazo grueso. No es ningún secreto que  incluso aquellas cosas  que el azar insta a permanecer en el tiempo lo hacen desfiguradas y despojadas de los pálpitos y los avatares que impulsaron y justificaron su primitiva razón de ser.

Por lo tanto, antes que cualquier otra sensación, la que en la actualidad me invade tiene más que ver con la emoción y la aventura que todavía despierta en mí cuanto desconozco, que con la incertidumbre o el temor al fracaso. Seguro que allá  adonde me dirijo, además de caminos transitados y convenientemente señalados, todavía quedan vías por abrir y rutas por explorar. Al margen de la incertidumbre que siempre implica afrontar el futuro, estoy persuadido de que unos y otras  me brindarán la oportunidad, no sólo de evocar  viejas y renovadoras imágenes,  sino de crear otras preñadas de conocimiento, implicación y ternura.

Desde hace apenas unos días he vuelto a recuperar una vieja, añorada y querida conexión con el mundo. He vuelto, expectante, a relacionarme con el entorno, a través de las aulas. ¡Qué suerte! Allí me he encontrado con un tipo de unos 25 años que estaba convencido que el mundo se podía cambiar… – “a mejor”, que dirían Los Luttiers – a través de la educación y la transmisión ilusionada de conocimientos y valores, hoy convertidos muchos de ellos en productos absolutamente inocuos ante las dolencias que padecemos. En un primer momento pensé ¡qué tontolaba!, pero enseguida me di cuenta de lo contraindicado que puede resultar denigrar a la familia, a los amigos o a la especie a la que uno pertenece.

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