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Turismo con humor

Contraste londinense

Hace un par de meses, a nuestro regreso de Londres, me preguntó un amigo que qué tal nos habíamos “apañado” con el idioma. Le dije que bien, recorrimos las calles y los lugares más emblemáticos, visitamos museos, comimos a las horas, aunque no siempre a nuestro gusto, y nos desplazamos en metro sin equivocarnos. Eso sí, en una ocasión tuvimos que bajarnos en una estación que no era la de nuestro destino. Emitieron un mensaje por la megafonía que, lógicamente, no acertamos a comprender, pero que sin embargo, interpretamos correctamente y de inmediato, cuando de repente, el resto del pasaje, todo, abandonó silenciosamente los vagones. A callar y a bajar. Sin duda, hicimos lo correcto.

La pega que tiene esto de querer expresarte en una lengua que no dominas, no la veo tanto en la tarea de construir las frases cuanto en hacer frente a las respuestas. Vamos, que si no te hacen caso, se te pone cara de idiota, pero si te contestan, aunque sea amablemente, ya te han jodido.

En ese momento, al desconocimiento hay que añadir el bloqueo que uno sufre, mientras asientes mecánicamente con la cabeza como si entendieras gota de lo que te están diciendo. Acto seguido uno se ríe, y ya está.

De todas formas, hay múltiples recursos que cuando vamos de turistas por el mundo acostumbramos a utilizar para encontrar lo que buscamos, sin echar mano de nuestro penoso inglés.

El primero de ellos, aparte de las pantallas electrónicas y el conjunto de la señalética, es observar a la gente: casi todos van, o muchos de ellos, donde nosotros queremos ir. En el aeropuerto, a la ida, a la puerta de embarque, y a la salida, al tren o al autobús. En determinados itinerarios urbanos, normalmente céntricos, no es difícil identificar a los no nativos y, entre ellos, a los que saben adonde van, normalmente caminan con mayor determinación, es cuestión de seguirlos. Eso sí, con el plano en ristre.

Capítulo aparte merece la elección del restaurante, a los que siempre hay que acceder con cierta resignación y dispuesto a comerte lo que has señalado con el dedo. Si huyes de la socorrida hamburguesa o el manido “rosbif”, la sorpresa puede ser de campeonato. No pasa nada. Ahí es donde ya entra la “profesionalidad”, se come uno lo que le saquen como si formara parte de tu dieta cotidiana, y tomas nota para no repetirla al día siguiente. Afortunadamente, los españoles siempre tenemos el recurso de los “italianos”, que más o menos las gastan igual en todas partes. Qué listos son  y qué bien montado lo tienen!

De regreso a casa, junto a la sensación de alivio, experimentas un subidón en la autoestima, que seguro se torna en desenvoltura llegado el momento de iniciar una nueva “aventura”.

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