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Tiempos y valores

No hay tiempos muertos

En la primavera del 2004  celebramos el 25 aniversario de los Ayuntamientos democráticos con un almuerzo al que habían sido convocados todos los concejales y alcaldes que hasta la fecha lo habían sido desde que se restauró la democracia, en el 79. Recuerdo que fue en aquella ocasión cuando por primera vez utilicé la expresión de que se abría una nueva etapa, de que eran “otros tiempos”. Han pasado 7 años desde aquel momento y, cual si se tratara de la imperecedera canción de Dylan, sigo teniendo tendencia a repetir la frase, que ya adquiere carácter de cantinela. Seguramente esto es así porque no basta con decir que son otros tiempos. Aunque, efectivamente, lo sean. De lo que se trata en realidad es de entenderlos, de averiguar qué clase de tiempos son y qué circunstancias nos los han traído.

La percepción del cambio de tiempo normalmente viene determinada por la sensación generalizada de que los parámetros y modelos de conducta que en un momento determinado nos conducían a alcanzar los  objetivos y las metas que nos habíamos trazado, dejan de funcionar. Ante el incipiente desconcierto que las nuevas situaciones generan, la primera y equívoca reacción es buscar no tanto el origen de los cambios cuanto los responsables de los mismos que, generalmente se localizan no en nuestras propias conductas sino en las de los demás. Es decir, en “la gente”. Y, siendo esto cierto, no lo es en la medida que los comportamientos humanos no son sino un mero reflejo o consecuencia de circunstancias que de manera perceptible, pero no siempre previsible van transformando la realidad. Me explicaré.

Durante años al frente del ayuntamiento soñábamos con el progreso, el bienestar y el “engrandecimiento” de Zuera. De hecho, una buena parte de las transformaciones puestas en marcha tenían como objetivo atraer e incorporar nuevos habitantes a la comunidad zufariense. Como somos muy majos y muy acogedores, de manera paulatina se iría produciendo una integración de los nuevos miembros que a no mucho tardar, derivaría en una fecunda simbiosis entre las esencias patrias y las nuevas miradas y valores  incorporados por los recién llegados. Y así está sucediendo. Aunque la crisis ha frenado momentáneamente el crecimiento del municipio, es cierto que en los últimos años, la llegada de  un notable y heterogéneo número de nuevos habitantes está transformando el hábitat, no sólo territorial, sino socialmente hablando.

En nuestro caso, ésta es sólo una muestra anecdótica de que los cambios se dan y de que la realidad se transforma y adquiere caracteres nuevos y como tales, inicialmente imprecisos. A éste cambio evidente hay que superponer, por supuesto, otros muchos y de mayor enjundia como son todos los derivados de pertenecer a realidades de más amplio espectro – al fin y al cabo, Zuera no es la aldea de Astérix -, donde se suceden y cada vez a mayor velocidad las transformaciones culturales, económicas y sociales, en las que es preciso sumergirse para detectar lo que subyace dentro de ellas y de esta forma deducir las causas que las originan y los valores que las sostienen. Porque en el fondo siempre están los valores. O la ausencia de tales que, en realidad y a ciertos efectos viene a ser lo mismo: otros valores. Tenemos ejemplos cercanos.

Para algunos los denominados valores son ese manantial de donde brotan los ideales o, si se prefiere, las grandes ideas a través de las cuales pretendemos que nuestra vida adquiera sentido.

Pero son también los parámetros dentro de los cuales debemos encajar nuestros casi siempre lícitos intereses personales para que éstos puedan ser legitimados socialmente. A partir de ahí la expresión de los valores puede adquirir caracteres de lo más variopintos. Pero una cosa parece clara, que al menos en política no se puede construir un discurso sobre valores sin prestar atención simultáneamente a las legítimas demandas de los individuos por muy profanas que parezcan. Porque a veces los intereses de las personas son de una naturaleza tan prosaicamente humana que nos hacen cuestionar nuestra propia ética. Ante tesituras semejantes uno puede intentar analizar sus causas o, simple y llanamente, aceptarlas y dar paso al pragmatismo. En la manera de encarar dichas situaciones se  distingue la acción política de la izquierda y la derecha

Sean cuales sean estos valores o sus equivalentes por ausencia, acostumbran a anidar en el corazón de esa gente que cambia y cuya volubilidad a veces no acertamos a comprender porque, o bien es la nuestra una mirada prejuiciosa o damos por hecho múltiples supuestos que deberían ser objeto de verificación.

Los avatares económicos, el anquilosamiento y la degeneración de los partidos políticos que no cumplen eficazmente su función, la información convertida en espectáculo, el afán consumista y el progresivo individualismo han terminado por crear un desconcierto social que bien pudiera derivar en un cabreo generalizado cuyo impacto está todavía por evaluar. Ojalá los acontecimientos que se han venido sucediendo en las plazas de nuestras ciudades deriven en la emergencia de una  nueva conciencia ciudadana donde los individuos no se resignen a quedar relegados al papel de figurantes al que  en la actualidad tienden a postergarles  las instituciones que denominamos democráticas. Eso sí que supondría un cambio de valor en la línea que muchos deseamos y el inicio de otro tiempo histórico.

Regenerar, reconducir, corregir, sanear… En definitiva se trata de volver a ennoblecer aquello que el paso del tiempo y la naturaleza humana han degradado. Y sí, somos conscientes de que si no se dejan a mano los antídotos adecuados, la historia que los hombres protagonizan tiende a repetirse.

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