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Sobre el sueldo

Hay representantes políticos cuyos abuelos creo que ya se duchaban todos los días, que apenas pisan la calle salvo en las urbanizaciones donde habitualmente residen o en los club privados en los que comparten maderas, raqueta y mantel con los de su especie. Me recuerdan a los otrora promotores inmobiliarios, a los cuales si la venta de un determinado producto no les garantizaba unos ingresos cinco veces por encima de la inversión llevada a cabo para construirlo,  decían que estaban perdiendo dinero. Son los mismos que una vez accedidos a la política, previa incorporación a la función pública, por aquello de la tradición familiar, no aciertan a comprender el raquitismo del sueldo que van a percibir y se sienten momentáneamente escandalizados y heridos en su orgullo y autoestima más profundos.

La reacción inmediata es descolgar el teléfono y llamar a Génova, desde donde rápidamente son liberados del circunstancial desconcierto y bajados del guindo donde candorosamente se habían posado en su condición de no iniciados.

El caso Bárcenas ha venido a ponernos de manifiesto de manera un tanto brusca, que en la España actual, tan socialmente confundida y camuflada en la orografía que nos legó la Transición, todavía permanece incólume ya no la división de clases, sino la puramente estamental. Se ha tenido que producir, más bien saltar a la luz, una situación como la que desde hace meses ocupa las páginas de determinada prensa, para que entendamos con mayor precisión y conocimiento de causa, aquella frase famosa en su día de Esperanza Aguirre de que con el sueldo, en torno a 8.000€/mes por aquel entonces, apenas llegaba a fin de mes. Yo creo que no mentía porque en realidad ella, y los que son como ella, siempre han vivido en otra galaxia o, si se prefiere, en su singular burbuja y, consecuentemente, lo que para el común de los mortales puede ser piedra de escándalo, en modo alguno lo es para ellos. A ellos les resultan escandalosas “otras cosas”, pero  porque, al igual que nos ocurre a nosotros los mortales con algunos de sus comportamientos, no aciertan a comprenderlas. Por ejemplo, que la gente se queje, se eche a la calle, grite, se  desespere e incluso llegue a perder las ilusiones y esperanzas que daban sentido a sus vidas. No pueden comprender lo que es estar media vida pagando una vivienda, el súbito deterioro de unos derechos que creímos esculpidos a fuego para siempre, la pérdida de garantías para los hijos, hoy reducidas a mera incertidumbre…

Sin embargo, lo que más duele en esta parte, creo yo, no es tanto su incomprensión, cuanto esa sensación, certera, de ser considerados como seres inferiores y, por supuesto, idiotas.

No lo entienden. Y no lo entienden porque ellos jamás han tenido que padecer ese tipo de problemas, que ni se aprecian en la escala en la que se desenvuelven sus vidas.

Por eso yo creo que habrán cobrado todos los espabilados, desde los pusilánimes hasta los héroes. Pero además lo habrán hecho con la naturalidad  que se deriva  de una lógica consuetudinaria, como un derecho propio de la casta a la que pertenecen. Ni siquiera como un privilegio ni, mucho menos, como producto de una extorsión al conjunto de los españoles, pagadores en última instancia, de cualquier tipo de fraudulenta gratificación.

Como pasado un tiempo, harán que prescribirá todo esto y pasará a las páginas de la prensa afín como un montaje producto del odio, la envidia  y la frustración de sectores -por supuesto, de la izquierda- que no están en los secretos de la vida, conviene que reparemos en que nadie nos dará nada que no seamos capaces de conseguir y conquistar por nuestros propios medios. Que eso de ir a votar y cruzarse de brazos ya no tiene sentido –nunca lo tuvo- y que hay que volver a empezar cuantas veces sea necesario. Que no tienen más fundamento sus verdades que las nuestras, pero que en lo  sucesivo, defenderlas, cada día será una tarea menos delegable.

 

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