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Sin retorno

Todas las relaciones humanas se establecen sobre la base de la confianza. La confianza es como una corriente de fiabilidad que brota desde nuestro interior y nos permite establecer vínculos con el exterior. Es decir, nos facilita o nos faculta para  hacer amigos, para llegar a acuerdos o cerrar operaciones de negocio. En general, nos sirve para abrirnos a los demás y a veces, incluso, para ponernos en sus manos.

El sustrato donde a mi entender se cuece la confianza no es otro que el magma de los valores. Esa amalgama de esencias que impregna nuestro comportamiento y nuestra personalidad, configurándola y haciéndola identificable ante la mirada de los otros. Unas veces se aprecia y valora en nosotros, la sinceridad, en otros casos la discreción, la lealtad, el espíritu de trabajo y superación, el amor, la búsqueda de la verdad, de la justicia, etc.. Creo que a estas cuestiones se refiere la gente cuando dice de alguien que tiene muchos o pocos valores. A estas cuestiones y a los comportamientos que de las mismas se derivan. No hace falta decir que la palabra valor, en el sentido en el que aquí la usamos es un vocablo cargado de relatividad.

Cuando entramos en contacto unos con otros nuestros valores llegan a actuar como auténticos perfumes, los hay que nos repelen y  otros que  nos dejan fríos e indiferentes. Sin embargo, pocos dudan de que  también hay otros cuya capacidad de atracción o seducción puede resultar irresistible. Y es difícil que una persona que nos resulte irresistible, no nos inspire o pueda llegar a inspirarnos confianza.

Cosa distinta a los valores, son las creencias, el pensamiento y las ideas que son quienes verdaderamente establecen o determinan los ejes de nuestro recorrido  vital. Aunque unos y otros actúen de manera asociada e inseparable, yo creo que son cosas distintas. De hecho, no es difícil constatar cómo, a menudo, encontramos gente que nos cae bien y a la cual admiramos o podríamos admirar por sus valores, pero cuyas ideas, por ejemplo, políticas, no compartimos o nos resultaría imposible compartir. En la militancia política se da muy a menudo la situación inversa: personas que sí comparten idearios, metas y programas, pero que, sin embargo, personalmente no se tragan. Por eso tengo interés en marcar las diferencias entre unas cosas y las otras.

En realidad yo quería hablar de la honradez,  cualidad muy apreciada que en general es percibida como un compendio de múltiples valores, a pesar de que su aspecto natural puede ser simple y, en ese sentido, fácilmente perceptible. Yo diría que la honradez es algo muy complicado de definir, pero sin embargo, fácil de identificar.

Durante años, en nuestros discursos, no hemos abusado mucho de la palabra honradez. Seguramente porque entendíamos que la honradez era nuestro hábitat natural, fuera del cual no sabíamos desenvolvernos. Nada nos hacía pensar que los destinatarios de nuestros mensajes tuvieran al respecto una visión diferente a la nuestra.

Por eso cargábamos las tintas (y después los esfuerzos) en el progreso y la modernización, la ampliación de derechos, el bienestar, la calidad de vida, etc, etc, etc…

Sin embargo ha sido necesario que los tiempos cambiaran, y aparecieran en escena otros personajes con nuevos roles – que no rolex- para que se pusiera de manifiesto, que por encima del trabajo, del progreso, de la lucha por la igualdad, etc…, continúa existiendo una cualidad o, como decíamos al principio, un valor cuya presencia  todavía hace palidecer a todos las demás: la honradez, el ser de verdad, la limpieza de corazón.

Hemos reparado en ello al detectar su ausencia. Y al hacerlo algunas personas  no hemos podido evitar experimentar un cierto sentimiento de tragedia, de fatalidad.

Al parecer en el Ayuntamiento de mi pueblo, desde hace tres años lo habitan personas con una particular escala de valores. Una escala según la cual encuentran lógico y al parecer, legítimo, servirse de la plataforma de poder que provisionalmente ocupan para obtener rentas particulares que en realidad pertenecen al común de los vecinos. Vamos, que deben estar robando.

Durante años, intentamos aplicar en Zuera los valores que predicábamos y alcanzar las metas que les eran acordes: trabajo, progreso, igualdad, bienestar, etc.. Nunca habíamos tenido necesidad de prestar una gran atención a la honradez porque ésta la dábamos por sentada, la presumíamos tanto en los nuestros como en aquellos  que se enfrentaban a nosotros.

Pues bien, lamentablemente hoy las cosas parecen haber cambiado y la desvergüenza, la falta de honradez y la impostura se han hecho un hueco en el ayuntamiento.

Esto quiere decir que, que se hace necesario elevar el tema de la honradez al primer plano del discurso. Porque, como decía al principio, donde falla la honradez, se genera la desconfianza. Si las instituciones no cumplen con la función de servir al interés general se abre una brecha ente la administración y los administrados por la que se cuela el desengaño que conduce directamente a la quiebra del sistema democrático. A partir de ese instante los ciudadanos pasamos de ser personas con derechos adquiridos a convertirnos en muñecos con derecho a un voto que después será utilizado para fines espurios e inconfesables y, por supuesto, contrarios a nuestros intereses.

Parece innecesario aclarar que quienes han roto el marco de la confianza no tienen capacidad para restituirlo

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