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¡Salve, hermanos!

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El titular de la cartera de exteriores del Ayuntamiento de Zuera, cautivo sin duda de un arrebato de incontinencia fraternal que bien podría ser confundido con un golpe de efecto pre electoral o incluso con un por si acaso, ha considerado llegado el momento de perpetrar, tras cuatro años de rumiado y cual broche de oro, un atentado contra la estética y la sensibilidad artística de nivel medio, del que el municipio tardará en reponerse. O al menos, parte de sus habitantes.
El conjunto, una extravagancia de autor, incorpora un mazacote de fuente tres estandartes de inspiración cohorte-romana, la rosa de los vientos, toque zen, y elementos vegetales que acompañan en alzamiento a los regios y contundentes blasones. Un de todo.
El diseño, pura fantasía, bebe directamente de los enhiestos estandartes que portaban las legiones romanas en sus desfiles triunfales y que, históricamente, han servido para iluminar la escenografía y parafernalia de todos los dictadores que en el mundo han sido, desde Hitler a Musolini hasta llegar a Kim Jong, pasando por Franco y Pinochet.

De la obra, llama poderosamente la atención, entre otras, la consistencia y solidez de los materiales empleados, piedra, hormigón y hierro, concebidos todos ellos para desafiar cualquier tipo de elemento meteorológico y, muy en particular, el cierzo. Tal vez, podría reprochársele que a un elemento tan sugerente y simbólico como son las banderas no se les permita mecerse y susurrar al son del viento, acompañando a los cipreses en su sensual y bamboleante contoneo. El movimiento introduciría de esta forma un contrapunto en la rigidez de los elementos exentos que sin duda haría del conjunto un fundido más equilibrado y emblemático.
En su defecto, también podría dulcificar el campo visual, la estratégica ubicación complementaria de una docena de enanitos de jardín, por supuesto en tonos caqui, pero no necesariamente en formación, que le darían al conjunto una pincelada de simpatía y ternura, que sin duda sabría ser apreciada por los niños, tan importantes ellos. Pero es solo una idea.
En su lugar, como decimos, se ha optado por otorgar rotundidad y un cierto hieratismo a los elementos dominantes de la escena, que ven acentuada su severidad por la garbosa y marcial verticalidad que con toda seguridad habrá de hacer las delicias de los espíritus más refinados. A otros, simplemente, les dejará boquiabiertos.

La cosa ésta nos habla bien a las claras de lo en vano que pasa la vida para determinados artistas, impermeables e inmunes a las nuevas tendencias que los tiempos nos trajeron hace ya cuarenta años, de la mano de la democracia.

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