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Regreso a la caverna

No es difícil observar el poco apego que a veces muestran determinados gobiernos locales hacia las realizaciones llevadas a cabo por anteriores corporaciones de diferente signo político. Es como si les molestara la carga de progreso y bienestar que se le ha ido inyectando al municipio a lo largo de los años, y en la cual ellos han tenido tan poca participación.

Como muchos de ustedes saben, esta imagen que aparece  en esta misma página se corresponde con la de un reloj de pie que fue instalado por la anterior Corporación socialista cuando se urbanizó el actual Barrio de San Juan. Estaba instalado en la plaza central de la nueva urbanización.

Desde que se inició el mandato de la actual Corporación,  los socialistas han venido denunciando, en primer lugar su deterioro, después su abandono y finalmente, su aparente olvido. Y decimos aparente, porque tras dos años de absoluta dejadez, hace días que llegamos a la conclusión de que la única razón por la que no se arregla es porque los socialistas vienen reiterando la atención sobre el asunto.

Aunque estemos familiarizados con este tipo de actitudes incívicas por parte de quienes más ejemplo deberían dar de lo contrario, resulta difícil acostumbrarse a ellas y, mucho más, aceptarlas o resignarse a las mismas.

Este tipo de proceder practicado por aquellas personas en quienes se ha depositado la responsabilidad de gestionar nuestros recursos y administrar nuestros bienes nos alertan acerca de la concepción alicorta y genitaloide que los mismos tienen sobre el ejercicio del poder. Si vergonzosa y condenable es la actitud de aquellos que a golpes de gamberrismo destruyen el mobiliario urbano que entre todos costeamos, no sabemos qué calificativos poner a aquellos otros que, investidos de autoridad, ahondan y persisten en el error en lugar de aplicar el buen juicio y el sentido de la responsabilidad que se les presupone y cabe exigirles.

Vandalismo y, por lo tanto, vándalos, ha habido siempre, gentes, no necesariamente jóvenes o adolescentes, a las cuales por pura insensibilidad, diversión o resentimiento contra no se sabe qué,  les da por romper o destruir objetos o bienes, generalmente pertenecientes al común.  Son actitudes las suyas que, en la medida de lo posible hay que tratar de evitar o, en su caso, perseguir y penalizar. Seguro que la comunidad lo valora y lo aprueba.

Pero dejar de arreglar lo que se rompe o deteriora es síntoma de indolencia, de irresponsabilidad y de desorganización. Es una actitud, en cualquier caso, que va empobreciendo y degradando el medio en que vivimos, en cuanto que árboles, bancos, esculturas o cualquier otra pieza de ornamentación urbana son elementos que contribuyen no solamente a dignificar los espacios públicos, sino a elevar nuestro sentimiento  ciudadano y nuestra sensación de bienestar.

Si además ese comportamiento negligente se produce de manera consciente y beligerante, supeditando el interés general a los humores escrotales de nuestros gobernantes las conclusiones que podemos extraer son sumamente desesperanzadoras. Es como si Zuera regresara de “su mano” a la caverna.

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