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Pongamos que hablo de política (II)

El ejercicio democrático de la política ha hecho aparecer ante nuestros ojos lo que podríamos denominar el paradigma del político profesional. No suele ser un líder nato, sino alguien que dispone de unas cualidades y destrezas acordes con sus aspiraciones de ocupar y permanecer en el poder. Una vez en él instalado, detesta la competencia y la confrontación, por muy democrática que ésta sea. Les gusta jugar con ventaja. Es una especie que se da tanto en la derecha como en la izquierda, en todo el espectro político. En general no son partidarios de que las cosas cambien, a no ser que de los cambios se deriven mejoras en su estatus. Es decir son gentes, en general, conservadoras y alérgicas al riesgo.
Aunque comprendo que el funcionamiento del sistema requiere piezas de diferente naturaleza y hechura, siempre me ha interesado más el perfil de aquellos que viven la política de manera más vocacional, más ineludible. Aquellos a quienes mueve en igual medida, tanto el interés personal como el afán de servicio a la comunidad con arreglo a una determinada visión de la vida o, si se prefiere, de unas definidas ideas políticas. Aunque los tiempos que estamos viviendo pudieran parecer propicios para la aparición de este tipo de figuras, de hecho están surgiendo, sobre todo por el ala izquierda, también nos es dado comprobar lo mal que éstas encajan con el sistema de partidos ya establecidos, anquilosado, blindado y repelente de cualquier elemento extraño al “medio”. Habrá que esperar a los resultados de las próximas convocatorias electorales para ver en qué queda todo ese magma social que se ha ido configurando con la crisis.
Y a ello me gustaría referirme en última instancia. Soy de la opinión de que cualquier opción de progreso y modernización del país pasa por el fortalecimiento y, en cualquier caso, la convergencia del Partido Socialista. Aunque no paremos de verbalizar términos como desafección, desencanto y decepción cuando hablamos de la situación social, no por ello logramos exorcizar sus efectos. Digo esto por destacar la conveniencia de que nuestro discurso vaya más allá de una mera infografía del panorama que se cierne frente a nosotros. Conviene no perder de vista, como decía nuestro candidato a las europeas, Martin Schulz, hace unos días, en qué medida nosotros hemos contribuido a generar ese desaliento y frustración, ese “mucha gente que lo está pasando mal” con el que nos llenamos la boca a diario, cuál es nuestra responsabilidad, y ser conscientes de ello. Sólo de esta forma obtendremos el tono de humildad que nos va exigir recuperar la confianza de mucha gente. Después y solo después podremos hablarles de ilusión, coraje y todo lo demás.

Pues bien, oportunistas aparte, en la izquierda que me importa todavía sobreabunda el modelo de político viejo. Y hablo más de planteamientos que de edad. Personajes que en su momento vivieron la política de manera vocacional, pero que hoy en día, no están dispuestos a abandonar su puesto, por poco relevante que sea su función, bien porque “adónde van?”, porque perderían el reconocimiento social del que gozan o, simplemente, porque tendrían que renunciar al sueldo. También los hay que se consideran imprescindibles, pero hay pocos que se lo crean de verdad.

No digo yo que este linaje deba desaparecer, tienen experiencia, savoir faire y tejido relacional y, por supuesto, méritos. Pero no tendría que ser la suya, la imagen con la que el Partido Socialista debería salir a escena en un momento como éste. Como buenos socialistas, una buena parte de ellos lo son, debería poner todo su acervo de conocimientos y destrezas al servicio del Partido, pero a través de otros compañeros menos expuestos al paso del tiempo. Verían lo pronto que éstos aprendían y cómo lo agradecía la mayor parte del potencial electorado.
El desencanto lo crearon en buena medida los que dicen haber recibido el mensaje, pero se niegan a admitir otra lectura del mismo que no sea la que ellos hacen. Qué falta: valor, integridad, vergüenza o, simplemente, vista. Personalmente creo que de vista están bien, pero está claro que no miran en la dirección que yo lo hago porque, desde luego, el panorama que vemos no es lo mismo.
La perspectiva que se observa desde los pedestales, sean éstos bajos o altos, no tiene por qué ser necesariamente la que mejor encaje con la realidad. A veces la proximidad de las urnas genera inconscientes o quién sabe si interesadas alucinaciones que derivan en imprevistos resultados. Claro que para ellos éste no será un problema porque, con toda seguridad, volverán a “entender el mensaje”.

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