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Pongamos que hablo de política (I)

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Hay una norma básica que cualquier comunicador que se precie debe conocer y que tiene que ver con las denominadas barreras de la comunicación. Es decir todas aquellas circunstancias de naturaleza física, técnica, social o psicológica, que impiden que el mensaje llegue al receptor en los términos, alcance y significado con los que el emisor ha pretendido transmitirlo. Me refiero a aspectos tales como la mala acústica, la elección de un lenguaje no adecuado al nivel o  cualidad de la audiencia o los prejuicios, que nos llevan a expresarnos o a escuchar, según sea el caso, de manera sesgada  o apriorística. De estas premisas ya cabría deducir que lo que entendemos por mensaje no es tanto  lo que el emisor dice cuanto lo que el receptor interpreta. Si lo que el locutor transmite es lo que el receptor u oyente quiere o desea oír, no hay problema, los dos saldrán contentos. Éste saldrá reafirmado en sus ideas y con la impresión de haber aprovechado el tiempo, y aquel obtendrá un plus de autoestima y la sensación del haber logrado su objetivo.

 El problema se nos plantea cuando debemos lanzar un mensaje con el ánimo de persuadir al auditorio, sobre determinadas e hipotéticas verdades o intereses -que a menudo son la misma cosa-, y tenemos que hacerlo ante una audiencia, crítica, no entregada, escéptica , desconfiada, suspicaz, o desencantada. Como somos optimistas, debemos pensar que si a pesar de tales circunstancias, el personal se ha molestado en acudir a escucharnos es que todo no está perdido, que todavía hay partido y merece la pena intentarlo. Dejando siempre al margen, claro está, a la cuota de diletantes y tocapelotas con los que siempre hay que mostrar condescendencia, pero no sordera. Todo constituye materia prima para el discurso, bien sea por inclusión o por omisión. Es decir, que los caminos del Señor son inescrutables.

Pongamos que hablo de política. ¿Qué ha pasado?, ¡no me lo explico!, ¡no nos han comprendido!, ¡no hemos sabido transmitir nuestro mensaje!, etc…Son jaculatorias que estamos muy acostumbrados a oír de boca de los políticos cuando las cosas no han salido como “ellos” pensaban. U otra frase tópica que puede estar en boca de unos o de otros: “he captado el mensaje”. Esta suele pronunciarse después de un revolcón electoral, cuando se estima que la situación no es todavía irreversible. El último político que la ha pronunciado ha sido el francés, Francois Hollande, a la sazón, presidente de la República francesa.

Aclaremos que estar en política no es fácil, y menos cuando se ostentan determinados cargos de responsabilidad. Apuntemos también, no obstante y a renglón seguido, que  el que está, lo está porque quiere, y que ocupar un cargo público entraña siempre un privilegio: el que se deriva de la confianza que los ciudadanos en un momento dado han depositado en nosotros. Ya sé que existen otros, pero éste es para mí, el más importante, aquel que debería despertar un mayor temor a perder.

Estar interesado en la política significa que tus intereses están en la política. Tus deseos, tus ilusiones, todo aquello que en mayor o menor medida nos proporciona satisfacción y da sentido a nuestra vida. Y más vale que sea así, porque si no, a veces, resultaría difícil aguantar.  A no ser que, a través suyo, se obtengan otro tipo de satisfacciones o compensaciones que inclinen la balanza hacia el acomodo, la autocomplacencia, el sueldo o el simple disfrute que proporcionan la vanidad y el poder. Todo ello moviéndonos en el ámbito de la legalidad. El otro lo dejaremos para otro día. Como ya hemos dicho en alguna ocasión, hay ejemplares cercanos.

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