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Política y debate sin tregua

Poco a poco vamos comprobando- y continuaremos haciéndolo- en qué está pensando Rajoy cuando dice aquello de que “hay que hacer lo que hay que hacer”. Ni más ni menos que en lo que están haciendo: arrebatarle al Estado todo lo arrebatable para ponerlo en manos de sus congéneres ideológicos, de tal manera que, una vez superado ese episodio que lleva camino de convertirse en accidente histórico, y que denominamos “transición”, las cosas vuelvan a ser lo que  siempre han sido en España: un tándem entre gobierno de derecha retrógrada y Conferencia Episcopal de turno. No deja de sorprender esa imperecedera querencia hacia el modelo predemocrático que todavía perdura entre los grupos sociales dominantes, que se decía hace unos años, actualmente poderes fácticos.

Desde que la democracia es democracia en España, es decir, desde anteayer, jamás la derecha política había gozado de tanto poder institucional y político. Un poder  que , ciertamente, le han otorgado las urnas, pero también el apelmazamiento de un Partido socialista desbordado por los acontecimientos y aquejado por una miopía política y social de la que nos urge sacarlo cuanto antes.

Por otro lado, la derecha económica, o sea, los jefes, están pudiendo constatar que incluso en tiempos institucionalmente democráticos, cuando vienen “mal dadas”, continúan pagando el pato los de siempre, aunque los responsables sean ellos. Ésta experiencia que tiende a acrecentar el sentimiento de irritación e impotencia, no debería derivarnos, sin embargo, hacia la resignación y la desesperanza, por más que algunos de los movimientos de contestación social apunten ya ciertos signos de cansancio. Como nunca suceden las cosas en vano, prefiero pensar que se está gestando un tiempo nuevo que, a no mucho tardar nos aclarará la mente y volverá a colmar el ánimo de ilusiones.

Claro está que  antes y para ello, se hace necesario que la izquierda, una regenerada izquierda, se reubique y  acierte a articular un discurso político acorde con el sentir de la calle.

Hasta aquí todo parece evidente y obvio. Sin embargo surgirán, de hecho ya están en aire, múltiples posturas acerca de cómo convendría llevarse a cabo tan deseado acontecimiento.

Personalmente considero que debería volver a ser el Partido Socialista el elemento integrador en torno al cual se volviera a conformar lo que denominamos alternativa de gobierno. Pero, como acabo de apuntar, también tengo claro que a día de hoy, el Psoe todavía está muy lejos de despertar la confianza que tan magna operación requiere.

Recientemente  he escuchado o tal vez leído unas declaraciones de uno de los líderes de este partido- que es el mío- en nuestra Comunidad autónoma, en las que se mostraba partidario de renovar el “ideario” del Partido antes de efectuar elecciones primarias. Es posible que tenga razón, aunque yo no lo crea, al fin y al cabo él es un profesional. Por mi parte, no debo ocultar que sólo de pensar que son básicamente las mismas personas las que llevan renovando este partido desde hace casi tres décadas, me asalta, jamás  la desesperación, pero sí un profundo escepticismo.

Soy partidario de que se agiten las aguas, de que surjan candidatos, de dentro y fuera del aparato, y de que estos candidatos se expresen, pero no llegado no sé qué momento, sino ya. Desde que las luchas de poder desterraron el debate político, tiempo ha, el partido socialista no genera más que una comedida y ortodoxa literatura, concebida con fines estrictamente electorales. Han sido, en mi opinión, la ausencia de debate y el distanciamiento de la realidad social los elementos que han creado el vacío de un auténtico proyecto alternativo que prenda en el ánimo desconcertado de la mayor parte de la sociedad actual. Más allá de los errores que se hayan podido cometer desde las instancias de gobierno, que también pueden constituir un punto de partida, tras ser verbalizados y asumidos. Es decir, reconocidos.

Estoy con quienes piensan que habría que simultanear un repliegue táctico que nos permita mantener posiciones o, si se prefiere, “el rescoldo electoral” que nos dejaron las  urnas, con la apertura, inicialmente laboriosa y posiblemente cuestionada, de una renovación de ideas,  y sí, también de personas, que nos posibiliten recuperar, primero la iniciativa y, poco a poco, la credibilidad perdidas.

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