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PEP

El fútbol del siglo XXI

Soy un aficionado, incluso muy aficionado, al fútbol que practica el Barcelona, y debo reconocer que ayer tras caer ante el Inter, me sentí profundamente decaído. En realidad al estado de decaimiento llegué tras una fase previa de desánimo al contemplar la impotencia de un Barsa que quería jugar al fútbol, como siempre, ante un equipo que había venido a otra cosa y que la tal cosa le estaba saliendo bien. No creo que sea un final de ciclo, pero si opino que es momento de parar y templar, es decir, de recapitular.

El Barsa está físicamente agotado, circunstancia fácilmente explicable por el excepcional calendario al que ha tenido que hacer frente de dos años a esta parte. Ayer evidenció, sin embargo, otro tipo de carencias que son todavía más preocupantes y que  tienen que ver con el banquillo, la falta de lucidez y atrevimiento y la pérdida de ese cromatismo que hacía de su juego algo  tan estético como imprevisible. Decididamente hay que parar, aunque seguramente la tregua no pueda tener lugar antes del final de la liga, que la ganará…el equipo que más puntos llegue a acumular el último día.

Mi identificación con el club, presidentes aparte, y no lo digo por el actual, es muy antigua. Me veo perfectamente en mi preadolescencia embadurnando páginas de cuaderno con los atuendos y los escudos de dos equipos de fútbol: Barcelona y Zaragoza. No sabría decir por qué, pero esa dualidad de sentimientos que me impide disfrutar de los partidos cuando se enfrentan ambos, me ha acompañado hasta hoy. Como no soy forofo, no me recreo con los tropiezos ajenos, aunque debo reconocer que es tal la polarización entre los dos grandes equipos en la actualidad, Madrid y Barsa, que las derrotas del primero, me despiertan un discreto regocijo, que procuro guardar par mí, por respeto al entorno y por temor a ser mal interpretado, ya que nada disfruto con las frustraciones ajenas. A tal efecto, no soy nada beligerante. Lo que me interesa es disfrutar, aprender, entender lo que pasa en el terreno de juego y esperar con ilusión los encuentros, porque sé que rara vez me voy a sentir defraudado. Tal vez por eso aprecio también sobremanera la voz de un buen comentarista que me haga ver lo que a mí se me escapa y detesto profundamente los locutores gritones que se empeñan en radiar los partidos como si fuéramos sordos y  no tuviéramos delante una pantalla de televisión. No hace falta aclarar que la pasión en raras ocasiones me ha arrastrado hasta los estadios, aunque seguramente esa circunstancia tenga algo más que ver con  la pereza que con la falta de motivación.

Todas esas satisfacciones que he venido obteniendo a través del fútbol me las viene proporcionando históricamente el Barsa, de manera muy especial el Barsa de Cruyff y, seguramente, de forma irrepetible, éste de Guardiola.

Es por eso que experimento un gran sentimiento de  gratitud  hacia la persona que a juicio, si no de todos, sí de muchos, ha sido el verdadero artífice de este Barsa sin precedentes en la historia que, de dos años a esta parte nos ha embelesado y emocionado con su juego hasta el punto de verlo elevado en algunos momentos a la categoría de arte: Pep Guardiola.

Pep es lo que se dice un lider nato: tiene visión de conjunto, sabe trazar objetivos y diseñar estrategias, goza de una gran imaginación táctica y sabe establecer empatía con sus jugadores, sin menoscabo de su autoridad. Un verdadero mirlo blanco para todos aquellos que disfrutamos y compartimos su filosofía futbolística. Sin embargo yo creo que lo que verdaderamente otorga armonía a todo lo que hace es el hecho de que es un buen tipo. Si así no fuera, perdería gran parte de su magnetismo. Al menos el que ejerce sobre mi persona.

Hay que añadir, en honor a la verdad, porque humanos somos, que ese punto de excelencia en el gozo y el disfrute hemos llegado a alcanzarlo, porque además de la creatividad, la intensidad y la belleza en el juego, este Barsa nos ha dado victorias, triunfos, títulos todos, y tantas oportunidades para la alegría y el buen humor que habíamos comenzado a asociar  la felicidad con las competiciones en las que participaba el equipo. Que últimamente, y dicho sea de paso, han sido todas. O sea, que muchas gracias, Guardiola, porque has conseguido hacer con el Barsa, algo que yo creía que no se podía conseguir a través del fútbol: disfrutar generando buenos sentimientos y deseos de ser mejores personas.

Seguramente la victoria-derrota de ayer supondrá un punto de inflexión en la marcha del club. El presidente termina su mandato y es probable que Guardiola, tras un periodo de tantos éxitos y, sobre todo, de tanto trabajo bien hecho y tanta intensidad, tenga la tentación de hacer un alto en su particular camino. Sería razonable.  En cualquier caso los que más allá de las emociones, las victorias y las derrotas, estamos por una determinada manera de entender el fútbol, sabemos que en este deporte habrá un antes y un después de Pep Guardiola y que su estela será muy prolongada. El germen del actual Barsa está sembrado hace años, pero ha sido él quien ha sabido crear las condiciones idóneas para obtener una cosecha verdaderamente excepcional.

A partir de ahora, habrá muchos más que no tendrán suficiente con la imprescindible rivalidad entre el Madrid y el Barsa. Porque han podido comprobar que en el fútbol deporte y competición importan también, además de las figuras, la técnica y la táctica, la humildad, la generosidad en el esfuerzo, la belleza de los gestos, la solidaridad en el campo y todo aquello que una buena cabeza como la de Pep ha sabido conjugar magistralmente, otorgarle  calidad y la belleza y trasformarlo en un manantial de emoción e ilusiones.

Y sí,  también en títulos.

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