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Pantallazos sicilianos

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Cuenta la leyenda que hartos los catanesi de erigir nuevas estatuas cada vez que un emperador romano era asesinado, en un momento dado, decidieron decapitar la ya existente y colocarle un anclaje a la altura del cuello. De esta forma, cuando accedía al poder un nuevo César, se limitaban a esculpir su cabeza y a atornillarla sobre la estatua descabezada. Con este contundente ejemplo quien explicó la anécdota pretendía poner de manifiesto el determinante pragmatismo que late en el espíritu de los habitantes de Catania y, por extensión de los sicilianos.

Sicilia lucía de verde, un verde suave y ondulado, ligeramente agreste a veces y, en todo momento, apacible y esplendoroso. La primavera vino a romper inesperadamente la prejuiciosa estampa que de esa tierra misteriosa nos ha transmitido el cine donde el calor y los tonos ocres y amarillentos crean atmósferas turbadoras y sofocantes. Supongo que el verano, como en todo el arco mediterráneo, no tardará en transformar los colores y transfigurar el paisaje. Tan rotundo como el verde es el azul hipnótico del mar que la rodea a través de cuyas aguas arribó hasta sus costas todo el espectro de culturas que en el Mediterráneo han sido desde que la memoria alcanza.

No tardó en llamar mi atención la naturalidad con la que guías e intérpretes han incorporado las historias de la Mafia y la corrupción al relato turístico. Han metabolizado los tópicos más notables y controvertidos hasta convertirlos en un anecdotario simpático con el que salpican e ilustran el recorrido de una audiencia en general en estado acrítico y condescendiente. A estos efectos, los políticos corruptos constituyen un tema recurrente. Concebidos como un grupo diferenciado y socialmente enquistado, escuchando sus historias, se diría que no guardan relación con el medio del que proceden y en el cual han desarrollado sus capacidades para el expolio y el latrocinio

En sus ciudades más importantes, dos aspectos asaltan enseguida la vista del viajero: los profundos contrastes, que nos remiten a las enormes desigualdades sociales que encierran sus calles, y el tráfico.
No es difícil constatar que la mayor parte de las capitales sicilianas tienen cuentas pendientes con el planeamiento y el ordenamiento urbanístico. De ahí el encorsetamiento de sus cascos urbanos necesitados de reformas estructurales y unas periferias tan dispersas como desordenadas. A ello habría que añadir la llamativa y estrecha coexistencia de zonas profundamente degradadas en el corazón de las urbes con todo tipo de monumentos y edificios de noble hechura. Todo un contraste.

El tráfico, como es sabido, supone para el foráneo un atractivo más de cuantos ofrecen casi todas las ciudades italianas. Adentrarse en coche en sus ciudades proporciona un tipo de aventura que fácilmente puede derivar en riesgo. En las horas punta los coches más que invadir las calles se empotran en ellas y se van moviendo por efecto de múltiples y pequeños espasmos que avivan la curiosidad del espectador. Cuando desaparece el tapón, lo que era un gigantesco y gesticulante ciempiés multicolor se convierte en una estampida de potros metalizados a cuyo paso todas las precauciones son pocas. Sorpresa mayúscula: no hacen uso del claxon.
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Sicilia posee un patrimonio arqueológico, cultural y arquitectónico envidiable. A lo largo de su dilatada historia, ha tenido a bien dejarse invadir o querer por todos sus vecinos. Todos ellos, en un momento dado, se han sentido atraídos por su estratégico emplazamiento y la fertilidad de sus tierras. Algunos Incluso, procedentes de latitudes lejanas, como los normandos. Y todos ellos han depositado su impronta en aquella tierra que hoy luce orgullosa las huellas que unos y otros depositaron a su paso. Cartagineses, griegos, romanos, bizantinos, normandos aragoneses, españoles, franceses…Los dioses y demonios que les acompañaron flotan en la atmósfera siciliana y habitan muros y estancias de sus palacios y catedrales.

Con el correr de los años, la naturaleza la ha sometido a todo tipo de intemperancias y desenfrenos: terremotos, tsunamis, erupciones volcánicas…Pero lejos de doblegarse a su destemplanza, ha sabido resurgir y reinventarse una y otra vez sobre sus escombros y cenizas. Prueba de ello son las magníficas muestras de estilo barroco que brillan en localidades resucitadas en los siglos XVII y XVIII tras ser borradas del mapa por la lava del Etna o las sacudidas sísmicas. Catania y Noto son exponentes claros de dicho “renacimiento”.

Los sicilianos parecen encantados casi todos ellos de haberse conocido, lo cual, en mi opinión, no les hace más atractivos, en esto son también muy italianos. No negaré que tienen sus motivos para sentirse contentos, aunque de la musicalidad de su lengua y sus teatrales gestos no siempre se desprende verdadera amabilidad. Razones que, no obstante, en modo alguno afectan a la capacidad de seducción que posee su hermosísima isla. Tópicos aparte, el incentivo paisajístico, el patrimonio histórico- artístico y monumental de sus ciudades, su diversidad cultural y la oferta gastronómica constituyen poderosas razones, todas ellas, que garantizan una emocionante y placentera estancia en un territorio donde no es fácil sentirse un extraño.

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