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Odón De Buen

odon65Fue durante la etapa del Gobierno de Aragón presidida por Santiago Marraco, cuando se llevó a cabo una campaña de divulgación tendente a la recuperación de una serie de personajes aragoneses que durante el periodo franquista habían sido ignorados y condenados al anonimato por su condición de republicanos o simplemente, de portadores de valores ajenos a la barbarie o al analfabetismo sectario que imperó durante aquellos años, y de la que todavía no hemos terminado de liberarnos. Tal vez, veinte años no sean nada, como dice el tango, pero puedo dar fe de que cuarenta, sí que los son, tanto desde el punto de vista político, como del social o el cultural. Testimonios sobran.
No solamente se habían arrancado los símbolos más externos de su presencia en el colegio que más tarde volvió a llevar su nombre y ocultado su obra y su memoria, sino que se nos había llenado la cabeza de prejuicios contra su persona y su pensamiento cual si se tratara de un virus corrosivo cuya afección resultase perniciosa para la salud. La verdad es que no les faltaba razón, porque, efectivamente, cuando llegas a descubrirlo y conocer la naturaleza y el alcance de su humanismo, su espíritu crítico y, cívico y su manera de entender un concepto hoy abrasado por años de dictadura, como es el patriotismo, uno no puede menos que caer seducido ante su exuberante personalidad y su impetuosa a la par que generosa capacidad intelectual.
Aunque había oído hablar nebulosamente de su persona, fue la tarde que vino a Zuera el catedrático de la Universidad de Boston, Thomas Glick, a hablarnos de su obra, cuando materialmente, me caí del caballo. Experimenté un sentimiento extraño en aquel momento. Por un lado quedé admirado de la dimensión científica e internacional que había llegado a adquirir nuestro zufariense más preclaro y por otro, algo muy parecido a la frustración o la vergüenza, por el hecho de que hubiese tenido que venir un señor norteamericano a descubrirnos el tesoro que durante tantos años había permanecido oculto a nuestro lado.
Ya estábamos en democracia. Su busto había sido repuesto en su lugar de origen, el colegio Odón de Buen, su nombre volvió a adquirir relieve en la fachada sur de dicho centro y, por aquel entonces, ya había un colectivo que había bautizado una asociación con su nombre. Después vendría a aparecer también su nombre en una plaza de nueva creación y, años más tarde, llegaron a Zuera sus restos y los de su esposa. En ese momento apareció un monumento en el Parque del Gállego, un espléndido mural que da la bienvenida a cuantos se acercan a visitar esta Villa y un mausoleo en el cementerio, con el que se resalta su presencia y se dio por cumplida su anhelada voluntad de descansar, junto a su esposa, en su pueblo natal. Es decir, que en los últimos años ha venido a convertirse en una suerte de icono laico, asociado en este caso al municipio que le vio nacer.
Aunque resulte inevitable retrotraerse al pasado en el intento de enmarcar su figura en un contexto histórico, lo cierto es que todo cuanto contiene la vida de Odón nos impulsa a mirar hacia el futuro. A transformar la realidad, a mejorarla, a ampliar el horizonte de las esperanzas y de los derechos de los individuos. A lo largo de toda su vida y su obra son, junto a su pasión por la libertad, el amor a la educación, la ciencia y, colateralmente, a la política, los elementos que componen la sustancia de la que se sirve para modelar y dar sentido a su intensa y comprometida vida. Sin olvidar ni dejar a un lado por un momento, su veneración por la familia a la que en todo momento intentó proteger y mantener unida mientras la tarea estuvo al alcance de sus circunstancias personales.
Son esos valores y otros cuya enumeración resultaría inapropiada en este tipo de medio, las que han movido a una serie de personas de Zuera a crear un Centro de Estudios que también lleva su nombre, el Centro de Estudios Odón de Buen. El objetivo de las gentes que lo integran consiste no solamente en mantener viva y actualizada su memoria y su obra, sino en tratar de evocar permanentemente unos valores, los suyos, cuyo respeto y divulgación estamos convencidos de que pueden contribuir activamente a hacer este mundo un poco mejor. Claro está que para eso hay que activarlos, materializarlos, encarnarlos en la vida cotidiana. Oportunidades para hacerlo no han de faltar, pero mientras tanto estoy seguro de que si levantara la cabeza, sonreiría y se ratificaría en aquello de “no sembré en arenales estériles”.

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