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Marcelino

Es frecuente que algunas decisiones que adoptan los políticos provoquen desconcierto entre la audiencia. Esto es muy normal que suceda cuando no se comparte el ideario  o se desconoce la perspectiva de la que parten a la hora de adoptar determinadas decisiones.

En el caso que nos ocupa, el nombramiento de Marcelino Iglesias como Secretario de Organización del PSOE, la noticia ha sido acogida con sorpresa generalizada. Sorpresa, seguida de alegría por una parte, y sorpresa envuelta en un sentimiento de contrariedad mal contenido, por la otra. O por las otras. Básicamente por los Partidos que aquí, en Aragón, se sitúan en la Oposición, alguno de los cuales parece haber perdido hace tiempo, el sentido del ridículo.

Desde la parte que está viviendo el acontecimiento con alegría, de la que un servidor forma parte, entendemos que su nombramiento es positivo para el Partido Socialista, es bueno para el Aragón institucional y es beneficioso para él. O por lo menos, estimulante. Aunque conviene dejar claro ya desde este momento, que la responsabilidad que acaba de asumir no es ninguna canonjía. Yo diría que, más bien, todo lo contrario, y sobre todo, en un momento tan especialmente complicado como el actual.

No cabe duda de que el todavía Presidente de los aragoneses  va a tener acceso desde su nuevo cargo a mucho poder o, si se prefiere, a mucha influencia. Yo diría que a ambas cosas. Pero el precio que se paga por ejercerlo puede resultar altísimo, tanto desde el punto de vista político como personal.  Por otro lado,  el hecho de ser consciente de ello, como Marcelino lo es, estoy seguro de que no atenúa en absoluto la carga.

La concurrencia de situaciones que se están produciendo los últimos días en el ámbito político del Partido Socialista, que afectan tanto al Estado como a nuestra Comunidad Autónoma, son de las que avivan el gusto por la política: despiertan emociones, esperanzas, abren expectativas, levantan dudas, incertidumbres, temores, etc..todos esos ingredientes que invitan a cargar las pilas porque acostumbran a ser la antesala de importantes sucesos. Todo hace suponer que nos hallamos ante un punto de inflexión, si no en el calvario de la crisis, ya sabemos que ésta va para largo, sí en la manera de enfrentarnos a ella. De pronto, en un importante sector de la sociedad ha brotado un hálito de ilusión y optimismo cuya duración dependerá, por supuesto, de los acontecimientos, pero también de cómo los nuevos actores políticos del Partido Socialista, incluido el Secretario de Organización, administren y gestionen la información de dichos acontecimientos.

Al Partido Socialista, y ahí sí tiene que ver, y mucho, el papel que desempeñe Marcelino, se le ofrece una oportunidad de oro para tomar la iniciativa en el escenario político. Dispone de un pacto de estabilidad hasta el final de la legislatura, tiene los presupuestos aprobados y todo parece indicar que los cambios que se han introducido van en la buena dirección, siquiera sea por las reacciones habidas en la “contra”. Todo ello le va permitir volver a mirar hacia el futuro de manera más sosegada y esperanzada, lo cual, a su vez, también hará más alentadora la responsabilidad recientemente asumida por el todavía Presidente de Aragón.

Aquí, en Aragón, el Partido Socialista ya hace tiempo que lleva la iniciativa y no es fácil que la pierda, a mi juicio, por dos motivos fundamentales. Uno porque  el desembarco de Eva Almunia les va a permitir a los aragoneses conocerla mejor, y estoy seguro de que no va a defraudar sus expectativas. El segundo no es otro que el prolongado letargo en el que anda sumido el PP, del que difícilmente saldrá si su líder, la señora Rudi, no sufre una profunda metamorfosis. Circunstancia ésta que, a ojos vista, parece poco probable.

Espero que Marcelino tenga suerte y acierto en el ejercicio de sus nuevas responsabilidades. Ello no sólo ratificaría el tino de Zapatero al proponerlo para el cargo, sino que vendría a poner de manifiesto la capacidad que tiene el Partido Socialista para regenerar sus activos y volver a otorgar vitalidad y protagonismo a su   proyecto político. El único proyecto político que, hoy por hoy, posibilita la necesaria cohesión social que los tiempos exigen para combatir la crisis con rotundidad y eficacia.

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