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Los cambios de valor

Siempre me han llamado la atención los estados o las situaciones de ruina. Y, por ende, los que reflejan o evidencian decadencia. Cuando estudiaba, tal vez por la edad, no acertaba a comprender, cómo se hacía posible, qué tenía que suceder, para que imperios como el Asirio, el Egipcio o el Romano, de los cuales estudiábamos  especialmente su esplendor y sus aportaciones a la civilización, en un momento dado, quedasen reducidos a ruinas, a montones de escombros que, más tarde,  los arqueólogos convertirían en tesoros ocultos y de paso, presa de todo tipo de depredadores.

Poco después, seguía estudiando, reparé en que tras todo proceso de ruina subyace un proceso de cambio de valores. Que son los valores los que cambian las situaciones y que son éstas las que provocan con sus significados emergentes el declinar de lo existente. Toda esta reflexión, que hoy me parece tan obvia, constituyó en su día para mí todo un descubrimiento, porque se me antojaba que era algo como muy “estructural” ya que era aplicable no sólo a  culturas, palacios o civilizaciones, sino a múltiples situaciones que envuelven nuestra vida cotidiana y de las cuales somos actores y a menudo, víctimas.

Cómo es posible que un palacio, una catedral o un castillo puedan terminar convertidos en verdaderos almacenes, graneros o corrales de ganado.  Todavía son cuestiones que me despiertan una gran curiosidad, pero ahora referida más que al origen, a todo aquello que tiene que ver con el desencadenamiento del proceso.

De estas imágenes que muestro, que pertenecen a uno de los cientos de edificios en estado de ruina y abandono que jalonan todos los montes de mi pueblo, me llama la atención en primer lugar los materiales de que estaba hecha. Con toda probabilidad fueron obtenidos casi todos ellos del entorno, piedra de yeso de la que aflora en los campos  de cultivo  o  que se obtiene en cantera.

La selección de las piezas y también la manera de colocarlas en los muros, nos hablan de la paciencia, la destreza y la inteligencia de quien la hizo o la mandó construir. No sólo eso, también nos podrían informar de cuánto tiempo tardará en convertirse en una nueva ondulación en el paisaje, al que el viento, la rapiña y las plantas acabarán por otorgar un aspecto natural.

Pero también me hace pensar en el esfuerzo que costaría construirla y en las ilusiones de las personas que la llevaron a cabo. Seguro que el proyecto estuvo guiado por una motivación económica, de rentabilidad. Y que la misma andaría mezclada con una aspiración de progreso, de bienestar, de que una o varias familias llegaran a vivir mejor: estudios para los hijos, mejoras en la vivienda, un mayor reconocimiento social…, quién sabe? Quién sabe si cuando comenzaron a cambiar los vientos los impulsores de esta obra y o sus herederos habían logrado alcanzar todos o parte de sus objetivos.

Pero lo cierto es que un día comenzaron a cambiar las cosas y lo que hasta entonces había sido rentable comenzó a dejar de serlo, o a serlo menos. Como la voluntad se sostenía firme, se mantuvo la actividad, pero reduciendo objetivos. Es decir beneficios. O sea, beneficiarios. Si en un principio se daban vida varias familias, el cambio de situación redujo a una sola las expectativas de negocio. Finalmente, ni eso.

Los cambios sociales y culturales abren las oportunidades en otros lugares, en otras actividades, y las miradas se vuelven en otras direcciones, generan nuevas ilusiones y se marchitan o envejecen las que les precedieron.

De repente, o poco a poco, todo va perdiendo expectativas de futuro, rentabilidad y valor. Todo aquello que un día importaba tanto, deja de importar y, por lo tanto, se abandona a su suerte, porque sólo malestar y sufrimiento acarrea vivir  encadenados al pasado.

Cuando el acervo patrimonial lo constituyen en lugar de las piedras, las ideas dominantes, los procesos de devaluación son parecidos, tal vez en este caso, sean más factibles las operaciones de reciclaje, pero no estoy nada seguro de ello. Lo normal es que las ideas dominantes procedan del poder que domina, que a su vez está donde está porque ha desplazado al que anteriormente ocupaba su sitio.

Cada vez que se produce un cambio generacional, la renovación de los mandos de una empresa o entra en juego la alternancia política,  aparecen en escena nuevas visiones, nuevos enfoques de la realidad, que tienden, en el mejor de los casos a ensombrecer y devaluar los que estaban instalados. Otra cosa es que los cambios que arrastran vengan a incorporar mejoras cualitativas a lo ya existente, porque necesariamente no es así,  pero tal circunstancia contemplada desde la perspectiva del tiempo resulta verdaderamente poco relevante.

Sin embargo, paralelamente a esa tendencia demoledora de todo aquello que en un momento dado aparece como inútil e inservible, discurre otra a la que se adhiere la sustancia o las esencias de la vida, todas aquellas cosas que poseen un valor intrínseco e imperecedero que las hace reciclables, adaptables a nuevos usos, a nuevas demandas, a nuevas necesidades. No siempre una antigua mezquita se puede reconvertir en un templo católico, pero cuando se da el caso eso no depende tanto de los caracteres constructivos del edificio, obligatoriamente consistentes, cuanto de la naturaleza y la calidad de los valores que han concebido tal posibilidad

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