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La política y su imagen

En una de las múltiples encuestas que con frecuencia se les hace a los jóvenes para que emitan juicio o valoración sobre instituciones, organismos y organizaciones públicas en general, es habitual que, si exceptuamos las ONG, casi ninguna salga demasiado bien parada. Da igual que se trate de los gobiernos, los parlamentos o incluso de la propia institución Monárquica. Sin embargo, en este tipo de consultas los que verdaderamente acostumbran a llevarse el palo en cuanto a  valoración negativa e incluso al rechazo que suscitan  son los Partidos políticos y, de manera especial,  lo que se entiende o identifica como “Políticos”. Es decir, personas con cara y ojos que se dedican profesionalmente a la política.

Doy en pensar que como quiera que vivimos en una sociedad cada día más mediática, es decir, mediatizada, la opinión que la gente se crea de los políticos y la política, lo es en realidad sobre la imagen que los Medios nos transmiten y proyectan de ellos.

Cuando una persona se dedica a la política con carácter más o menos estable o profesional, especialmente si se convierte en un personaje “público”, de manera inevitable sufre un proceso de despersonificación que de manera natural o espontánea le conduce a ser identificado, más como el cargo que ostenta que como la persona que encarna el cargo. Esto no solamente no es una exageración, sino que tal “síndrome” puede llegar a afectar incluso, a las personas del entorno afectivo y familiar del afectado.

De ahí que mientras dura dicha situación, tales individuos son contemplados y juzgados en calidad no tanto de lo que son, sino de lo que representan. Solamente el mal estilo, que no escasea, hace que en las valoraciones se mezclen aspectos derivados de la función, con aquellos otros propios del ámbito  personal, en el  que todo el mundo tiene derecho a ser respetado. A Zapatero, por ejemplo, hay un sector de la prensa de la derecha más extrema que sistemáticamente le niega ese derecho y constantemente, en las durísimas críticas que le deparan, es habitual encontrar insultos de carácter personal. No es lo mismo tratar a una persona de incompetente porque no realiza bien sus funciones a juicio del observador o crítico, que tratarlo de idiota, por mencionar un calificativo suave.

Seguramente es esa crítica desaforada y deformadora de la realidad, unida a los frecuentes casos de corrupción y a otros comportamientos  oportunistas que en modo alguno constituyen un hecho generalizado, pero que son permanentemente amplificados por la prensa, lo que anida en el fondo de esa mala imagen de lo político. También habría que incorporar a ese sustrato la aportación que a menudo los propios políticos con sus actitudes distantes y ajenas a la realidad social practican. Incluso me atrevería a mencionar otra circunstancia. En contra de lo que la gente piensa de manera más o menos generalizada, y a menudo interesada, la capacidad de acción de los políticos, habitualmente, es mucho más limitada de lo que pudiera parecer a primera vista. Circunstancia que frecuentemente da pie a que se generen situaciones de descontento, frustración y desencanto. Como esta posibilidad entra dentro del pack, no puede ser esgrimida como un eximente de aquellos, sino que debe conducirlos a extremar la prudencia a la hora de expresarse y lanzar promesas.

El caso más paradigmático al que podemos echar manos en estos momentos nos lo proporciona la actual situación de crisis y el más que aparente  sometimiento de los poderes públicos, gobiernos incluidos, al devenir de los mercados y al mundo financiero en general. Aunque aparentemente ésta es otra cuestión, forma parte, y mucho, de la misma circunstancia, en cuanto que está impidiendo a los políticos desarrollar sus programas y cumplir sus promesas. Es decir, a incurrir en grandes contradicciones que les aboca a ser  juzgados de manera muy severa por sus votantes y la sociedad en general.

A pesar de todo o, mejor dicho, quizás por todo ello, hoy más que nunca se echa en falta la política con mayúsculas y a políticos con casta y grandeza de miras. Aquellos que son capaces de hacer grandes propuestas y asumir grandes compromisos, y huyen de las posturas acomodaticias  y oportunistas que adoptan aquellos otros que se rigen exclusivamente  por el  temor a sufrir el castigo electoral.

( que tan tendenciosamente a veces, predicen las encuestas. Si no, que se lo digan a Tomás Gómez.)

Desde mi punto de vista para que la gente vuelva a confiar en la política es imprescindible poder confiar antes en las personas que acostumbramos a catalogar como políticos que, no hay que olvidar que, salvo excepciones, surgen del mismo caldo de cultivo en el que flotamos todos los demás. En este sentido, el caso de Tomás Gómez es esperanzador. Y lo es al margen de cómo le vaya en el futuro.

La política entendida convencionalmente trata de la gestión de lo que es público, de lo que denominamos interés general. Hoy por hoy, el progreso de los pueblos continúa articulándose, aunque no exclusivamente, sí de manera fundamental, a través de la, para muchos, denostada actividad política. Cabría preguntarse qué cuota de responsabilidad tenemos cada cual en los comportamientos desviados de los políticos por nosotros mismos elegidos para gestionar, se supone, nuestros intereses colectivos, esos que marcan el grado de desarrollo de las sociedades de los territorios y los pueblos. Porque no hay que engañarse, las expectativas de desarrollo personal y profesional de los individuos están inequívocamente vinculadas al desarrollo cultural social y económico del medio en el que  habitan y ese, hoy por hoy y afortunadamente, pasa por la actividad, por la acción política, algo cuyo control todavía está a nuestro alcance si optamos por actuar como ciudadanos responsables, en lugar de buscar culpables o cabezas de turco cada vez que las cosas no se suceden con arreglo a nuestras personales expectativas.

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