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La línea de coherencia

cirrocumulus
La línea de coherencia no existe más que en le mente de cada cual y su trazado está sometido a todo tipo de contingencias. Unas, implícitas, inherentes a cada individuo u organización y otras accidentales, de índole coyuntural.
Acostumbramos a decir que una persona es coherente o consecuente, cuando entendemos que su comportamiento, es decir, sus palabras y sus obras, responden a una determinada lógica, a una sintonía entre la acción y los principios en los cuales, se supone, está inspirada. En las inevitables valoraciones que a veces hacemos de los comportamientos de los otros, acostumbramos a partir de patrones de conducta previamente asignados. De tal forma que si las actitudes en cuestión se apartan de dichos patrones, a priori tendemos a calificarlas de incoherentes.
En los discursos que han acompañado a las fallidas ceremonias de investidura a los que hemos podido asistir recientemente, no han faltado las acusaciones más o menos explícitas de incoherencia que se han intercambiado entre unos partidos y otros. No se conforman con interpretar cada cual el sentido de sus propios resultados electorales, sino que tienden a decirles a sus oponentes lo que sus respectivos electorados esperan de ellos. Esta maniquea utilización de los datos encierra una actitud presuntuosa, cuando no cínica, que normalmente dificulta el acercamiento de posturas. Aunque ya sabemos que, a menudo, tras ellas se esconden estrategias encaminadas a debilitar al contrario en orden a futuras e hipotéticas negociaciones.
Paralelo a este tipo de recurso dialéctico camina otro, más manido si cabe, que es la apelación al denominado “sentido común”, que nadie sabe muy bien de qué se trata, pero que suele consistir en que el otro interprete la realidad o alguna de sus partes, de la misma manera que el que lo reclama.
Ambos conceptos, el de la coherencia y el del sentido común beben en las mismas fuentes. Y éstas no son otras que las particulares e intransferibles posiciones que cada uno ocupa en el tablero, desde donde se obtiene la perspectiva de los acontecimientos.
Utilizadas de manera arbitraria, como suelen utilizarse, ambas pierden su pretendida contundencia, su pretenciosa autoridad universal. Eso es una incoherencia o aquello otro es de sentido común son expresiones que cualquier político que se precie debería borrar de su vocabulario. A no ser que decidida y conscientemente pretenda navegar por las aguas de la demagogia, tentación a la cual los políticos actuales son muy dados a caer. Dejamos para otro día otras referencias tales como las que aluden a lo que es o deja de ser “normal” y aquella otra, no menos sugerente de “la gente”: la gente necesita, la gente piensa, lo que quiere la gente…
No me cabe duda de que hagan lo que hagan los Partidos los próximos días, acabará siendo coherente con sus intereses. Pensarán en el país, algunos en la patria, en la opinión pública, en sus electores, en los intereses que como partido tienen y, por supuesto, en la posición que ostentan y aquella a la que aspiran. Cerrarán el círculo de sus reflexiones añadiendo al fundido los lógicos y legítimos intereses personales que sus líderes mantienen. A continuación, habrán de hilvanar el discurso, darle el tono y ponerle cara.
Es más que probable que al final e incluso antes de que termine este inédito e incierto proceso electoral, se produzcan daños colaterales tanto el los respectivos electorados de cada partido como en las propias organizaciones políticas. Es un precio que habrán y habremos de pagar por el cambio de paradigma.

En cualquier caso, tenemos la emoción garantizada durante una temporada, a no ser que el cansancio provoque un cabreo general en la gente, al considerar que esto no es normal ni de sentido común y que los políticos deberían ser más coherentes.

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