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La ilusión todavía

Si tenemos en cuenta el porcentaje de voto que mueve la inercia a la derecha, haga ésta lo que haga, aquel otro que se moviliza solamente en contra de algo o de alguien y el quiste conservador que acaba otorgando su voto a la derecha cuando a ésta no le alcanza, sólo le queda a la izquierda que representa el Partido Socialista en Zuera, la ilusión. Lo cual no es poco. Generar ilusión y que ésta, a ser posible, sea invocada desde un liderazgo potente.

Generar ilusión en unos tiempos como los que corren cargados de descontento e incertidumbre no es nada fácil, pero es posible y sobre todo, necesario. Cambiar las tendencias de voto es una tarea ardua y dificultosa que a menudo está sometida, aunque no necesariamente, a circunstancias externas que nos desbordan. Dícese, y no suena extraño, que las crisis como la que en estos momentos nos golpea suelen penalizar a los partidos que gobiernan,  porque es a ellos a quienes corresponde adoptar medidas ingratas a la opinión pública o si se prefiere, al electorado. Un electorado que a grandes rasgos, aunque entiende el origen de la situación, no se siente responsable de la misma, y busca espontánea y resueltamente, como algo natural, alguien en quien depositar la responsabilidad y las culpas de su descontento, cuando no de su desesperación. Esta es la plaza en la que toca torear.

Ocurre, sin embargo, que la crisis constituye un manto que oculta aspectos de la realidad a los que convendría prestar atención porque, entre otras cosas, ahí residen, en primer lugar, los resortes de corto alcance que hay que activar para salir del túnel y, en segundo, los soportes sobre los que se puede asentar el posterior desarrollo estable y estructural.  El municipio no es un mero escenario donde se representan guiones que otros escriben, puede y debe tener su propio libreto y de esta manera contribuir a mejora el panorama general. Fiar el futuro a las circunstancias que vienen de fuera, sean favorables o desfavorables,  es tanto como negar los valores y las capacidades que en otros tiempos nos llevaron a servir de modelo.

Hablaba de generar ilusión. La primera obligación de un Partido que está en la Oposición es controlar, censurar y divulgar los errores de quien gobierna y ofrecer alternativas que muestren una manera diferente de contemplar  y encauzar la realidad. Esta tarea, necesaria, pero en si misma, insuficiente, precisa el complemento, forzosamente vehemente de una buena estrategia de comunicación. Y eso por varias razones.

Todos sabemos que la sociedad de mercado nos somete a diario a un bombardeo informativo que acaba rebosando nuestra capacidad de asimilación y tal circunstancia nos lleva a encerrarnos en nuestro propio entorno y en el de los problemas e intereses personales que nos resultan más acuciantes.

No hace falta añadir que en un periodo de gran incertidumbre económica como el actual esa tendencia se acrecienta. Quiere esto decir que en estas circunstancias hacer llegar a sus destinatarios determinados mensajes resulta más complicado porque en muchos casos  aquellos mantienen una actitud de bloqueo hacia el exterior que dificulta la tarea informativa. Sin embargo es imprescindible romper ese cerco, so pena de que en el mismo se estrellen no sólo todo el  trabajo acumulado a base de un prolongado y generoso  esfuerzo, sino también y, muy especialmente,  las ilusiones de muchas personas.

A esa dificultad hay que añadir la de la competencia. La labor divulgativa que lleva a cabo quien gobierna normalmente goza de más y más diversos  medios y, por tanto, de mayor capacidad de impacto que la de aquellos otros que esperan y aspiran a gobernar. Y mucho más si aquella se lleva a cabo de manera sistematizada. Menoscabar esta realidad puede constituir un error grave y una insospechada fuente de frustración para aquellos que no la valoran adecuadamente. Cuando no se dispone de medios aleatorios, que permiten medir el alcance social que obtienen los mensajes, sólo un contacto muy cercano con la base social nos permite detectar el eco y la capacidad real de impacto de los mismos.

Ese es, a mi juicio, no el único, pero sí el marco más adecuado para plantear la batalla. Sólo en el cuerpo a cuerpo, en el cara a cara, es posible trasmitir la información con el alcance y la carga emocional que las circunstancias exigen.

Para que los contenidos puramente informativos  plasmados desde un enfoque racional arraiguen y adquieran valor en la conciencia ciudadana es imprescindible previamente crear un sustrato emocional que actúe como un tejido adherente que evite que sean repelidos o, simplemente, resbalen.

Un sustrato que permita abrir  los espíritus enquistados por el escepticismo, las actitudes acomodaticias y la inevitable querencia a capitular y a avenirse con las realidades políticas sobrevenidas. Una vez más, como casi siempre, será en el terreno de las emociones donde se decida el combate y si bien, la incertidumbre permanecerá hasta el final, yo no pospondría los acontecimientos hasta ese momento.

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