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La Guía

Tesoro de los atenienses. Delfos

Apenas comenzado nuestro periplo por el Peloponeso, aquella mujer resuelta, metida en curvas y de maneras medio simpáticas lanzó el primer y sutil aviso para navegantes: “sepan que si alguien desea ir por su cuenta, porque le gusta hacer fotografías o no le interesan mis comentarios, que no me molesto ni me ofendo, pero, eso sí, no trastornen la marcha del grupo, que no tengamos que ir en su búsqueda”
La misiva me sonó tan obvia que no pude menos que darle la vuelta. Acababa de lanzar una amenaza. Y no me falló la intuición. Todo cuanto vino a continuación supuso una sistemática ratificación de que, efectivamente, la atención y el respeto debidos en este tipo de situaciones, en realidad nos iban a ser exigidos. Nuestra acompañante, un ego inquieto e hipertrofiado, rebosaba oficio y conocimientos, pero no se conformaba con transmitir con convicción y firmeza todo tipo de verdades cuestionables, reclamaba además silencio, docilidad y acatamiento.
Supongo que mi natural tendencia a la autonomía no le pasó desapercibida. O tal vez fueran la mirada o el gesto, que a veces me traicionan. El caso es que un par de intentos de acercamiento por cuestiones modosamente planteadas fueron resueltos con una indolente profesionalidad que no me dejó lugar a dudas: “se había quedado con mi cara”.
Yo había preparado metódicamente mi visita a Grecia, arte, mitología, historia, territorios…, todo aquello que en mi época de estudiante me había cautivado. De manera más o menos consciente, iba en busca de aquellas emociones. O tal vez, al encuentro del joven exaltado por el arte que un día las albergó en su interior. Llevaba mi propio trazado y andaba dispuesto a darle prioridad. De ahí que una buena parte de la información que de manera inclemente se vertía sobre nuestros sentidos, me resultase superflua y convencional. Aunque no fuera así para todo el mundo. Todavía puedo contemplar el embeleso con el que algunos miembros de la comitiva seguían las declamaciones de nuestra amiga. Pero estaba claro que cualquier bienintencionada duda podía ser interpretada por nuestra condotiera en clave de competencia.
No es extraño que entre las personas que ejercen como guías turísticos, la trillada repetición de contenidos les lleve a adoptar actitudes más propias de la interpretación escénica que de la mera documentación. Excitadas por la atención que parecen suscitar sus comentarios entre la camada que les rodea se sienten raptadas por las musas y acaban convirtiendo la noble y rutinaria tarea de informar e ilustrar en una verdadera dramatización. Llegado ese momento, se sueltan la melena, se les agita la respiración y se transfiguran ante la mirada cautivada y perpleja de la audiencia, que duda si se trata de emoción o de mera sobreactuación. Helena, no podía responder por otro nombre, era una de ellas.
Helena ejercía su función de manera tan contundente y segura como autoritaria y absorbente. Su voz actuaba como una máquina de montaje que permitía retroceder en el tiempo hasta situar cualquier maltrecho vestigio en los lugares donde el artista los concibió y los canteros encajaron.
Fustes y capiteles, metopas y cornisas, frontones y acroteras, todo tipo de piezas parecía cobrar vida al reclamo de su categórica estampa y volar en busca de la armonía y el orden que un día solidariamente forjaron. Tenía algo de admirable la fe y la vehemencia con las que aquella señora se entregaba a su trabajo. Su desvelo por el orden y la organización, su sentido de la responsabilidad, así como su afán protector del séquito que le había tocado en suerte. Todo ello envuelto en una ortodoxia religiosa y patriótica digna de un aristócrata ateniense. Seguro que si Pericles levantara la cabeza, se sentiría orgulloso de su paisana.
Viajar a Grecia es como visitar el escenario devastado tras una batalla que ha durado siglos, pero del cual han desaparecido el espanto y la desolación, dejando en el aire un sugestivo aroma que oscila entre lo épico y lo poético. Imposible no abandonarse ante su contemplación y admirar la solidez de una civilización alimentada de mitos, luchas e ideas esculpidas en mármol pentélico. Entre aquella amalgama de ruinas, y piedras desarticuladas, rodeada de olivos y bajo un sol radiante, se alzaba imponente la figura de Helena en un gesto de suprema reivindicación de un pasado y una cultura sin cuya existencia resultaría difícil comprender la composición del gobierno que acaba de llevar a cabo nuestro novel presidente de gobierno.
PD. Aunque hoy la recuerdo con cierta nostalgia, perderla de vista supuso algo más que un respiro, una liberación.

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