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La Fageda, una realidad hecha de sueños

 

Acabo de efectuar recientemente una visita a La Fageda. Tras ese nombre que en catalán evoca a un envolvente e idílico bosque de hayas, se esconde un proyecto de inserción social que por su singularidad ha despertado el interés de miles familias, medios de comunicación e instituciones nacionales e internacionales. Todos ellos ven en su experiencia una exitosa referencia de lo que debería ser la atención y el sistema de integración de determinados sectores de población que arrastran el estigma de ser “diferentes”
La Fageda es una corporación cuya actividad parte de una doble visión: la social y la empresarial. Y que antepone la primera a la segunda. Es decir, concibe la empresa, no a la manera convencional, una organización que produce bienes o servicios a cambio de una rentabilidad económica, lo que es propio del Mercado, sino como un ente al servicio de los trabajadores. En este sentido se parece a una cooperativa. Sin embargo no reside ahí su mayor peculiaridad, sino en el hecho de que quienes trabajan en ella son personas que sufren algún tipo de enfermedad mental, trastorno psíquico o lo que, comúnmente conocemos por discapacidad.
La filosofía que subyace en ella es que todos los humanos poseemos facultades y como tales, merecemos tener acceso a un puesto de trabajo, que es el medio a través del cual, en una sociedad como la nuestra, podemos ejercer nuestra dignidad personal e integrarnos socialmente. Reniega del paternalismo y son la solidaridad y la organización las que suplen la caridad, prisma a través del cual se ha contemplado históricamente la atención a los enfermos mentales.
El largo y sin duda enrevesado recorrido de La Fageda arrancó hace varias décadas y basta contemplar sus instalaciones en funcionamiento, las personas que en ellas trabajan y, sobre todo, los resultados que obtienen, para que se despierten en nosotros múltiples interrogantes cargados de emoción, curiosidad y admiración. Deseamos saber cómo han llegado hasta allí, cómo se articula su funcionamiento, qué ideas o ideales la inspiran, cómo se sostiene y, en definitiva, cómo se ha producido el milagro. Porque un auténtico prodigio de integración social es el que encarna esta arriesgada e innovadora experiencia que bien podríamos calificar de modélica.
Tuvimos noticias de su existencia a través de los medios de comunicación y, más concretamente, de la televisión. Las imágenes nos mostraban una moderna instalación agropecuaria donde a las vacas se les estimulaba a dar leche escuchando música barroca. Se veían viveros donde se cultivaban hortalizas y plantas de jardinería y, lo más sorprendente, se fabricaban yogures y otros productos lácteos de primera calidad.
Esto último lo ratifica el mercado que se traga cada día toda la producción que generan y sitúa a la empresa en lo más alto del ranking de eficiencia de las de su sector.
Sin embargo, como enseguida queda claro, la rentabilidad económica – imprescindible por otra parte- no es el objetivo fundamental de la empresa. Pero sí, condición sine qua non. Su objetivo fundamental es preservar el respeto, la dignidad y el sustento de los hombres y mujeres que allí trabajan. Personas que, con sus limitaciones, al disponer de condiciones adecuadas, acordes con sus peculiaridades, son capaces de elaborar mediante su trabajo unos productos altamente competitivos y, por supuesto, rentables.
Debo reconocer, no obstante, que más allá de cuanto tiene de sorprendente, creativa y merecedora de todo tipo de elogios la empresa o la Fundación que la gestiona, lo que verdaderamente terminó de seducirme fue descubrir la persona que estaba al frente de todo aquel tinglado. Se trataba de un señor nacido en Zuera y que llevaba, y lleva, por nombre, Cristóbal Colón. Puedo asegurar que aunque el nombre que arrastra le ha hecho objeto de todo tipo de bromas e ironías a lo largo de su vida, lo que este zufariense ha conseguido impulsar en colaboración de su esposa, Carmen Jordá, y un puñado de amigos y estrechos colaboradores que creyeron en su sueño, no es ninguna broma.
El año pasado, invitado por el Centro de Estudios Odón de Buen, tuvimos la oportunidad de escuchar por boca del propio Cristóbal cómo se había gestado la historia de La Fageda que, en buena medida es su propia historia. Quedamos sorprendidos y prendados de una aventura que con el paso del tiempo ha derivado en una de las experiencias más innovadoras y revolucionarias de cuantas han tenido lugar en el campo de la integración de las personas con disfunciones psíquicas y físicas. Sin embargo ha sido la contemplación in situ de la experiencia la que nos ha transmitido la verdadera magnitud de la tarea llevada a cabo por un equipo de personas encabezadas por este hombre que, siendo todavía un adolescente, salió de Zuera sin sospechar el cometido que el devenir le tenía reservado.

PD. La Fageda está situada en la comarca gerundense de La Garrotxa, muy cerca de la ciudad de Olot. El Centro de Estudios Odón de Buen planea organizar el próximo otoño una visita a dicho lugar para todas aquellas personas que tengan interés en conocer tanto sus instalaciones como su funcionamiento.

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