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Instante mágico

La madre de la criatura

La madre de la criatura

No tengo lengua retráctil, pero a veces me veo como una abeja libando con el zoom la belleza recóndita que por doquier esconde la naturaleza. Todo me parece digno de ser contemplado, admirado e interiorizado. Aunque las flores con su permanente coqueteo son las primeras en llamar nuestra atención en la corta distancia, en modo alguno hay que desdeñar el horizonte donde se recortan los árboles y se pierden los caminos. Los campos cultivados nos ofrecen esta primavera una estampa de fertilidad que nos llena de esperanza, pero no nos hacen perder de vista los predios yermos y pedregosos que crean hermosos contrastes y habrán de ser objeto de atención la próxima campaña. Todo en la naturaleza me resulta sugerente y evocador. Cuanto más la frecuento, más atraído y seducido me siento por su inabarcable magnetismo.
En este estado de embeleso me hallaba hace unos días, intentando cazar las luces de la tarde en unas ramas de boj, cuando noté que algo se movía a mis pies. Instintivamente dirigí la mirada al suelo y pude contemplar la cría de un ave cuya especie no acerté a identificar. Deduje que se habría caído de algún nido. De inmediato, sentí el deseo de atraparla con la cámara, no todos los días se tiene la oportunidad de captar ese tipo de imágenes.
Como no habíamos sido presentados, y no tenía claras mis intenciones, el retoño comenzó a huir de manera despavorida. En su precipitada carrera, todavía no volaba, se adentró en un campo pedregoso por el que se movía con absoluta dificultad. Arañaba la tierra con sus diminutas garras y utilizaba sus infantiles alas con la misma desesperación que un náufrago puede agitar sus brazos. Sus intentos de levantar el vuelo eran vanos y derivaban en pequeños saltos que amortiguaban sus apéndices laterales. Mientras tanto, yo la seguía de lejos y en línea oblicua. Trataba de transmitirle que no corría peligro, que se detuviese, que tan solo pretendía que se detuviese y poder fotografiarla. No nos entendimos. Durante unos instantes, porque la acción transcurría con rapidez, ella continuó en su intento de escapar a toda costa del peligro que creía acecharle y yo, con paso lento y sigiloso, tratando de acortar distancias y encontrar el ángulo idóneo para el plano que buscaba.
Y en ese momento surgió la sorpresa. La pequeña rapaz, de pronto, levantó el vuelo de manera contundente y a una velocidad vertiginosa, se situó de manera definitiva fuera del alcance de mis pretensiones. Si no hubiera estado tan atónito y desconcertado, me habría hecho una foto de la expresión de mi cara. Hubiera sido la viva estampa de la estupefacción.

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