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Historia de un nido


Al principio me pareció una osadía, una idea descabellada. Hasta que vi el resultado.
Cuando llegué por la mañana, todo el material que habían transportado el día anterior, permanecía estampado en el suelo, pero, inasequibles al desaliento y guiadas por una incontenible fuerza interior, seguían intentándolo. Se las veía entrar y salir constantemente y a gran velocidad, impelidas por una impaciencia propia de una necesidad apremiante. Trataban de construir un nido, pero el lugar elegido por ellas se me antojaba inadecuado. O bien eran muy atrevidas o un tanto pretenciosas. Una y otra vez el afanoso trabajo que llevaban a cabo desde primeras horas de la mañana, a la caída de la tarde rodaba por el suelo, barro, pajas, estiércol… Sin embargo, ellas continuaban insistiendo afanosamente. Hacía tiempo que sus compañeras y colegas habían consolidado sus rizados hogares en emplazamientos convencionales, pero aparentemente más seguros, ya sabes, en los aleros de los tejados o en el interior de naves abandonadas. Lugares, en general, resguardados del viento y las inclemencias del tiempo y lejos de nuestro alcance y de otras rapaces.
En una de mis inspecciones rutinarias observé que, por fin, un amasijo de limo y hebras vegetales había cuajado sobre un trozo de caña que, rebelde, se había despegado del tejido y pendía solitaria del techo del cubierto. No daba crédito a lo que estaba viendo, ¡lo estaban consiguiendo! Pretendían construir un nido colgante. La puesta de la hembra debía ser tan inminente que no estaba seguro de que les fuera a dar tiempo a acondicionar la estancia. Llegué a pensar si no estarían construyendo un señuelo o quién sabe, una segunda residencia fuera del bullicioso y gregario ambiente de las de su especie.
Cuando tuvieron la casa prácticamente embastada, súbitamente abandonaron su vehemente pulsión constructora y cambiaron de prioridades. Por lo visto, la paternidad responsable no es cualidad que les sea ajena, aunque al contemplar el albergue carente de acabados, cabría achacar a la pareja cierta imprudencia temeraria.
Pasados apenas unos días, pude comprobar con asombro que el nido cumplía su cometido. Cuatro inquietas cabecitas cubiertas de pelusilla asomaban sus amarillos picos, sorbiendo aire y reclamando atención. Componían una imagen graciosa y conmovedora a la vez.
Mientras todo esto acontecía, se abalanzó sobre nosotros ese calor sofocante que nos ha acompañado a lo largo del mes de junio y la situación adquirió una nueva perspectiva, un posible nuevo enfoque. El aspecto tosco y vetusto de la obra ponía de manifiesto que la pareja no había calculado bien los tiempos. Sin embargo, habían sido muy perspicaces en cuanto a la previsión meteorológica. Toda la peripecia constructiva parecía adquirir sentido. Al permanecer la estructura exenta a la techumbre del cubierto, el aire circula libremente entre ambas proporcionando a las inquilinas un sistema de refrigeración natural digno de la mejor ingeniería. Toda una genialidad que permitirá crecer a las crías libres de los agobios que sin duda estarán pasando sus hermanas. Está por ver si cuando las crías crezcan y aumenten de peso la estructura resiste los envites y forcejeos de la familia al completo.
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