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Historia de un nido (II)

El azar quiso que presenciara la escena a corta distancia. Hacía una mañana de azul transparente y el aire venía cargado de olores a alfalfa recién cortada y a mies. La atmósfera a esas horas todavía se mostraba condescendiente, pero hacía presagiar que el día sería caluroso. Sin pretenderlo, cuando accedí cautelosamente al recinto del almacén, sorprendí a la familia en pleno almuerzo. Me aposté sigiloso detrás del montón de leña, a fin de que no detectaran mi presencia y en ese preciso instante eché en falta mi cámara. La impaciencia y la curiosidad me hicieron ser poco previsor. Ciertamente el espectáculo que estaba contemplando merecía unas buenas instantáneas. La secuencia, aunque previsible, discurría plena de ternura y emoción. La hembra se sostenía esforzadamente en un ingrávido y agitado aleteo y las tres crías, alborotadas y hambrientas, forcejeaban entre ellas  tratando de alcanzar el pico de su madre. Uno de los cotidianos zarandeos que se producían en el nido, había provocado días atrás, la caída de la cuarta, presuntamente la más débil, haciendo honor de esta forma a las teorías de Darwin.

En medio del bullicio y la agitación, el nido comenzó a balancearse de manera amenazante. Era el suyo un vaivén achacoso y doliente, la vieja caña de la cual pendía carecía de cintura y hacía años que había perdido toda elasticidad.  El macho entraba y salía con intrépidos vuelos, esperando su turno y tal vez consciente del peligro que se cernía bajo el techo del cubierto.

Nunca he visto a una golondrina posarse en el suelo, no está en su naturaleza. Tan solo lo abanican con sus espectaculares vuelos rasantes propios de misiones de reconocimiento. De ahí que no tenía nada claro cuál iba a ser el desenlace si el nido se venía abajo. Las crías aparecían ya cubiertas de plumaje, pero en mis constantes visitas no había observado que llevaran a cabo ningún vuelo iniciático.

De pronto el soporte del nido crujió,  cedió y sucedió el milagro. Todo aconteció en un instante. La estructura se vino abajo y se estampó contra el suelo. Las tres crías, tras apenas un segundo de incertidumbre, emprendieron un esforzado y azaroso revoloteo. Debieron pensar “alas para qué os quiero” y comenzaron a surcar el aire. En su bautismo de vuelo no medió aprendizaje alguno que no fuese el inherente a su propio instinto.

Permanecí durante unos instantes inmóvil, alucinado,  como quien no da crédito a lo que acaba de presenciar y, de nuevo, sentí no haber podido captar aquellas irrepetibles imágenes. La recurrente historia se había desarrollado en apenas cuarenta días. La elección de un emplazamiento inverosímil, la obstinada construcción de un habitáculo toscamente rematado… y la vida que empuja. Y todo ello sin manual de instrucciones.

Cada día, cuando cae la tarde, a salvo ya de las rapaces, las contemplo rasgando el azul del cielo, burlándose de las horas de aprendizaje que no pudieron llevar a cabo. Toman altura agitando vigorosamente sus alas, moldean en el aire acrobáticas figuras, se precipitan en picado y saborean la libertad todavía bajo la atenta mirada de los adultos.

Dicen que las golondrinas siempre vuelven al lugar preciso en el cual nacieron. Si el hábito se repite en este caso, al año que viene les aguardan  momentos de perplejidad. La casa colgante donde vieron la luz por primera vez ya no existe. Es cierto que de la techumbre asoman otras cañas que invitan a  tentadoras aventuras. Pero si la memoria les funciona, dudo que emulen la atrevida experiencia arquitectónica que llevaron a cabo sus progenitores.

 

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