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En Zuera, su pueblo y el mío (A Antonio De Buen)

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Hubo un tiempo, del que no hace tanto, en el que Zuera era un pueblo de gremios. Se diría que más que profesiones existían los oficios. A través de las relaciones entre unos y otros se configuraba esa malla que hoy denominaríamos tejido social, dentro de la cual se intercambiaban los recursos, se cubrían las necesidades y se consolidaban vínculos que hacían del conjunto una realidad nítida y diferenciada a la que todos nos sentíamos orgullosos de permanecer. Todos éramos identificados por nuestros rasgos y nuestra procedencia, pero en el mundo de los adultos, adquiría especial relevancia la función, el cometido que cada uno desempeñaba dentro de la comunidad. Se pertenecía a una familia, pero también se era hijo de agricultores, constructores, mecánicos, albañiles, comerciantes, maestros, fontaneros…
Antonio – con los años, el señor Antonio- era carpintero. Un excelente carpintero…y un muy notable dibujante. Un hombre laborioso, emprendedor y creativo.
El primer recuerdo suyo que conservo procede de ese mundo, hoy inevitablemente idealizado. Un mundo cuyos horizontes se extendían desde las choperas del río hasta las lomas y se estiraba del Arco de la mora al Camino de San Juan. Era un marco dentro del cual nos sentíamos seguros porque todo en él parecía estar en orden. Al menos en el orden que por aquellos años éramos capaces de identificar. Nada que ver con el “establecido”, cuya existencia todavía desconocíamos.
Desde entonces fueron múltiples los momentos y diversas las situaciones en las que tuve la ocasión de relacionarme con él en el ámbito de su trabajo e ir descubriendo, más allá de sus manifiestas habilidades y destrezas profesionales, el enorme corazón que escondía tras su contundente presencia y su luminosa sonrisa. Sin embargo, sería años más tarde, cuando coincidimos en el primer Ayuntamiento democrático cuando verdaderamente tuvimos oportunidad de conocernos y, por mi parte, descubrir la madera noble de la que estaba hecho. Eran años de grandes esperanzas e ilusiones en las que juntos vimos correr la alegría por las calles de Zuera como nunca antes habíamos imaginado. Aquella irrepetible experiencia supuso el abrazo sobre el que se forjó una sólida y entrañable amistad. Florecería posteriormente en innumerables encuentros y gratas e interminables conversaciones. Hasta que una arbitraria enfermedad lo arrancó del taller y de la vida y quedó a cobijo del generoso, discreto y abnegado amparo de los suyos.
La muestra de duelo que suscitó su despedida ha puesto de manifiesto la magnitud del afecto que a lo largo de su vida había cosechado. Su capacidad de crear y de querer le otorgaron ya en vida el premio de ser una persona respetada y querida, lo cual supone, sin duda, la más alta condecoración a la que nos es dado aspirar en este mundo.
En medio de la resignación y la tristeza, dejo que se abran paso los recuerdos felices y junto al afecto te hago llegar mi más hondo sentimiento de gratitud. Descansa en paz.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
(Miguel Hernández)

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