A sample text widget

Etiam pulvinar consectetur dolor sed malesuada. Ut convallis euismod dolor nec pretium. Nunc ut tristique massa.

Nam sodales mi vitae dolor ullamcorper et vulputate enim accumsan. Morbi orci magna, tincidunt vitae molestie nec, molestie at mi. Nulla nulla lorem, suscipit in posuere in, interdum non magna.

En clave nocturna

En cuanto la noche extendió su manto, nos echamos al monte. Los últimos rayos de sol todavía teñían de rojo el horizonte y el bosque ofrecía una estampa crepuscular que invitaba a la aventura.

Siempre había sentido curiosidad por atisbar la fauna que se cobija bajo los pinos, pero nunca encontré el momento oportuno de hacerlo. Mis salidas en bicicleta o andando por esos caminos apenas me deparaban encuentros fortuitos, normalmente con conejos  o perdices y, excepcionalmente, con zorros. Era cuestión de horarios.

La ocasión me la proporcionó Ángel, amante y conocedor del territorio y, cómo no, consumado cazador. Y la experiencia no me defraudó, es más, resulto más emocionante de lo que podía imaginar.

A bordo de un todoterreno y provistos de una potente linterna nos adentramos en dirección a Las Fajas. Recientes las últimas tormentas, la pista estaba compacta y sin polvo. La primera sorpresa nos la deparó la repentina presencia de Chotacabras. Se trataba de unas aves noctámbulas de pequeño tamaño cuya existencia desconocía. Estos pájaros de grandes ojos, plumaje pardo y ancho pico tienen por costumbre aplastarse contra los caminos, donde permanecen apostados antes de lanzarse a la caza de todo tipo de insectos. Me impresionó sobremanera que a pesar de los focos del coche, no abandonaban su  posición hasta que el vehículo  a punto estaba de arrollarlos. Entonces emprendían un corto y aparatoso vuelo para retornar inmediatamente a su posición una vez despejado el peligro.

Continuamos nuestra ruta y no tardamos en avistar el primer zorro. Detuvimos el coche y el animal tuvo el detalle de permanecer expectante y curioso durante unos instantes, lo cual me permitió hacer las primeras fotografías. Por supuesto, de mala calidad, pero no por ello menos simpáticas. Enseguida me percaté  de la extraordinaria destreza con la que Ángel se movía por los oscuros parajes. Parecía estar dotado de la misma lente que los “bichos” tras cuya búsqueda habíamos salido. Recorría  todas las partidas y recovecos del monte con igual pericia que un fisio explora nuestro tejido muscular. Pero, claro, la noche estaba cerrada. Poco más tarde cruzó a nuestro paso el primer jabalí, un macho solitario. Lejos de huir asustado, observó atento nuestros movimientos, antes de adentrarse en la maleza. El tiempo suficiente para un rápido posado. Mi compañero conducía con una mano y con la otra, sirviéndose de su poderoso foco barría los rastrojos en busca de aquello cuyo encuentro nos iba a producir mayor alborozo: grupos o manadas de jabalís. Y no tardamos en dar con ellos. Hembras pastando con sus numerosas camadas, ajenas a nuestra visita, piaras de ejemplares adultos horadando con sus morros los rastrojos… Si permanecíamos quietos, ellos continuaban impasibles, solo cuando les inquietaba nuestra presencia  optaban por buscar refugio bajo el bosque.

No contento con ejercer de chófer y guía, mi acompañante asumía a su vez funciones de cicerone. Me ayudaba con sus comentarios a entender el comportamiento de cada especie, a distinguir la carrera de los conejos de la de las liebres y a deducir incluso el número de animales que en aquel momento podrían estar moviéndose  dentro del perímetro del pinar.

En esa tarea andaba cuando divisó en una ancha tabla una pareja de corzos. Yo no los hubiera visto jamás. Como estaban lejos, nos dimos por satisfechos con haberlos localizado y decidimos no intranquilizarlos.

A pesar de haber recorrido durante años la casi totalidad de aquellos caminos, por momentos me sentía desorientado. La noche funde los paisajes y desdibuja los referentes que durante el día nos reubican y nos asientan sobre el terreno. Sin embargo, en este caso, el manejo y la seguridad de que hacía gala mi compañero despejaban cualquier resquicio de incertidumbre.

En no pocas ocasiones tuve la oportunidad de adentrarme de noche en el pinar, pero fue casi siempre a consecuencia de los incendios que, con frecuencia intermitente lo asolan. Contemplar su masa oscura y estática recortada contra un cielo sereno y estrellado me proporcionó una perspectiva un tanto inquietante, pero menos espectral.

Mientras ingeríamos un apetitoso bocadillo en La Palomera nos recreamos comentando las incidencias de la expedición. El recorrido había colmado sobradamente nuestras expectativas y aunque a Ángel seguro que le resultó poco novedoso tuve la sensación de que no había disfrutado menos que yo.  Le agradezco muy sinceramente su amable invitación.

Animados por el éxito del trayecto todavía enfilamos Gazaperuela abajo en dirección a la Val de Isa donde tuvimos la oportunidad de otear más ejemplares de jabalí. Ya de vuelta a casa, un tejón atravesó el camino a pocos metros, completando el catálogo de especies que deambulan por nuestros montes una noche cualquiera. Observar  sus hábitos de conducta en su hábitat natural me produjo una conmovedora impresión.

Me quedé con ganas de repetir la experiencia. En otro tiempo hubiese deseado poner al alcance de más gente la pequeña aventura que acababa de vivir, a la manera de los safaris fotográficos o creando algún tipo de observatorio, qué sé yo. Cosas mías.

Chotacabras, rapaces, perdices zorros, jabalís, corzos, tejones, conejos, liebres…Resultan difícil de imaginar los miles de ojos que nos acechan cada vez que salimos a dar paseo por esos cerros. Continuaremos manteniendo la ilusionada y  remota esperanza de que asomen a nuestro paso  en cualquier recodo del camino. Pero ya sabemos que la noche es la clave.

Deja un comentario

Puede utilizar estas etiquetas HTML

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>