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El Plátano de Jorge Luna.

Conoce casi todos nuestros pasos

Cuando yo era un chaval – hace de eso, unos años- este hermoso ejemplar de plátano de sombra estaba situado entre lo que entonces era la carretera, hoy Jorge Luna, y lo que actualmente denominaríamos una “zona de servicios”. Es decir, el matadero municipal, los lavaderos públicos donde a diario mujeres y amas de casa hacían su trabajo e intercambiaban información, y un magnífico y casi monumental abrevadero al cual, preferentemente de mañana temprano o por las tardes, acudían las gentes, casi siempre agricultores, a dar de beber a sus caballerías. Disponía también de una “fuente” con dos o tres potentes y caudalosos caños, de los cuales se suministraban muchas  familias que todavía no disponían de agua corriente y “potable” en sus viviendas. Todo este complejo “acuapark” se abastecía de un depósito que estaba a su espalda en dirección sur.  Había otros depósitos al otro lado del camino de San Juan que  limitaban con la valla, todavía hoy en pie, del colegio Odón de Buen, por aquel tiempo, denominado Las Escuelas. Existe un excelente dibujo, fiel reflejo de la zona, hoy desaparecida, donde posteriormente se asentó el edificio de la telefónica y el parque de la Petanca, salido de la mano de mi buen amigo Antonio de Buen.

La instalación del matadero era una edificación singular. Construido en piedra de sillería y ladrillo rojo, tenía el porte que por entonces poseían muchas de las construcciones públicas, caracterizadas por la utilización de materiales nobles y por una cuidada ejecución. Me llamaba aquellos años la atención el contraste que se establecía entre dicho edificio y la humildad  arquitectónica del entorno. Hoy el panorama ha cambiado. El límite urbano por el sudeste de Zuera lo establecía este conjunto de instalaciones, tras las cuales se abría una superficie de huertos, que permaneció intacta hasta que el municipio comenzó a experimentar el deseo y la necesidad de expandirse.

El plátano que hoy reclama mi atención es “mucho” plátano (tal vez quedaría mejor, Platanus, para huir de los chistes fáciles). De hecho es uno de los estandartes  urbanos más potentes que tiene el municipio, seguramente desde hace más de cien años. Es, a su manera, un testigo mudo que a la vez tiene algo de tótem, de icono protector. Y, sin duda, uno de los vecinos más omnipresentes de cuantos conviven con nosotros.

Cada primavera reverdece y se despereza, si cabe, con mayor ímpetu y empuje que el anterior. Durante el día, cobija bajo su manto de sombra a algunos de nuestros mayores y al caer la tarde a los vecinos de la zona. Por la noche, en verano, son centenares, tal vez miles, los gorriones que encuentran acomodo entre sus ramas. Proporciona una espléndida frescura a los jugadores de la petanca y hace más confortable el entorno cuando se trata de organizar reuniones gastronómicas. A veces, cuando el cierzo le azota fuerte, se agita e incluso sus largas y poderosas ramas resultan intimidatorias. Hay que situarse a su lado y palparlo para apreciar su fornido torso y elevar la mirada para poder contemplar su verdadero empaque y envergadura.

A pocos desplazamientos que efectuemos por el callejero, su presencia se nos hará enseguida patente y su estampa, familiar. Sobre todo si frecuentamos el parque, la ribera del Gállego o las instalaciones deportivas.

Me resultaría difícil imaginar la vida en Zuera, sin la discreta y solemne presencia de este soberbio ejemplar. Ha sido capaz de afrontar el paso del tiempo y soportar todo tipo de transformaciones urbanísticas a su alrededor, adaptándose de manera imperturbable a cada momento histórico.

Seguramente esto ha sido así, porque además de admirarlo, imponente y señorial, también nos resulta amigable, útil y entrañable. Nos conviene quererlo y protegerlo.

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