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El olvido que seremos

Hay momentos, que a veces son situaciones, experiencias o encuentros que te proporcionan una sensación de calma y plenitud que le reconcilian a uno mismo con la vida. Acabo de experimentar uno de ellos, y en esta ocasión ha venido de la mano de un libro. Su título es “El olvido que seremos” y su autor un escritor colombiano cuya existencia desconocía hasta la fecha. Héctor Abad Faciolince. Si digo que durante algún tiempo le estaré profundamente agradecido, seguramente él me entenderá.

Con una prosa sencilla, natural y carente de toda sofisticación nos narra la relación que mantuvo en vida con su padre, un médico socialmente comprometido con su entorno social, en una Colombia sacudida durante décadas por la violencia y el horror  generado por gobiernos corruptos, paramilitares y matones al servicio de poderes  económicos y fácticos institucionalmente asentados. Todo un “establishment” frente al que surge y actúa  como contrapunto una guerrilla que tiende a incurrir en los mismos y equivocados métodos y abusos de las fuerzas que pretende combatir.

Bajo su aparente sobriedad narrativa, el autor nos brinda un modélico tratado de filosofía contemporánea, a través del  cual nos induce a una permanente tarea de esclarecimiento y puesta en cuestión  de  los valores que parecen dar sentido a nuestra vida. Dicho de esta forma suena un tanto pretencioso, pero nada más lejos de la realidad, porque es precisamente del marco cotidiano de donde el autor extrae las cargas de profundidad que dejan al lector unas veces aturdido, otras, conmovido y las más confortado e incluso, ilusionado. Si algún sabor deja al final su lectura es el de la esperanza.

Sin duda, Héctor Abad ha encontrado en mi persona un lector idóneo, oportuno y solidario. Cómplice, como el mismo apunta al final de su relato.  Si lo supiera, tan consciente como es de “la levedad del ser”, seguro que le ayudaría a encontrar justificado, el dilatado esfuerzo que le llevó adoptar la decisión de escribir su libro.

No solamente serena el espíritu, sino que purifica el aire que oxigena las  neuronas, El final de su lectura proporciona  un momento de lucidez mental y temple emocional, de los que dejan huella en medio del desconcierto reinante.

Seguramente todo ello tenga que ver con la proximidad generacional que me une con el autor, que en cierto modo nos lleva a compartir, buena parte de sus valores y la  perspectiva que contempla desde su observatorio.

En esa búsqueda impenitente de nuestro ego más recóndito que impulsa y determina todos nuestros actos y en particular nuestras lecturas, uno se siente reconfortado cuando vive la sensación de no estar solo, de no ser un bicho raro en un mundo que cada día se torna más distinto y extraño. Un mundo de imperativas convulsiones que a cada instante vienen a poner en tela de juicio, la cándida idea de felicidad que algunos sembraron en nuestras mentes y de la cual sólo nos apeamos a base de desilusiones, desencantos y falsas interpretaciones.

Recomiendo su lectura a todas aquellas personas que pensaban que la vida era otra cosa y estén a punto de caer en la perplejidad. Sentirán renacer la esperanza.

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