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Desde Zuera, a Néstor De Buen

Néstor De Buen

Era aproximadamente el mediodía y nos hallábamos en el hall del hotel. Habíamos ido al DF, en busca de los restos de Odón para traerlos a Zuera, tal como habíamos interpretado que sería su voluntad. Ninguno de los dos lo habíamos visto antes, pero estábamos seguros de que al verlo lo reconoceríamos. Sobre todo mi compañero y amigo, Mariano. Todavía estábamos cavilando sobre cuál sería su aspecto, cuando vimos aparecer su figura alta y enjuta por la puerta de entrada al hotel. Venía acompañado por su hija Claudia. En cuanto se toparon nuestras miradas, se produjo el encuentro, pero, efectivamente, fue mi compañero quien lo identificó primero. Aquel momento supuso para nosotros un instante de gran emoción.
La cita había estado precedida de múltiples contactos telefónicos, tendentes todos ellos al traslado de las cenizas de su abuelo y a la preparación del ritual que queríamos llevar a cabo, una vez en Zuera. Los pasos previos habían tenido lugar con su hermano Jorge cuando, meses antes, en compañía de su esposa, Martha Eugenia, nos habían visitado en el Ayuntamiento donde avanzamos y concretamos aspectos de la operación.
En cuanto nos saludamos, la sonrisa franca y afable de Néstor desplegó una corriente de confianza tal que instantáneamente disipó nuestro nerviosismo en un mar de cordialidad. Fue aquella la antesala de una estancia en México, que tanto él como el resto de su familia se encargaron de hacer inolvidable.
Si bien la voluntad de que sus restos yaciesen junto a los de su esposa fue un deseo explícito de Odón, la idea del traslado de los mismos hasta su Villa natal surgió en Zuera en la etapa en que Mariano Del Cos y Joaquín Marcén eran los principales valedores de la causa Odoniana por estas tierras. Fue su hermano Jorge, tras aquella entrañable reunión en la Alcaldía, el encargado de dar traslado de la propuesta al conjunto de la familia. Ésta, no solamente la comprendió y la aceptó, sino que desde aquel momento se volcó resueltamente en llevar a cabo lo que el propio Néstor interpretaba también como “lo que hubiera sido la voluntad de su abuelo”.
A partir de aquel momento abundaron las comunicaciones entre el Ayuntamiento y los familiares, pero fue Néstor quien, no solamente asumió el papel de interlocutor en nombre de la familia, sino quien devino en verdadero artífice de todos los movimientos tendentes a llevar a cabo la empresa. Es más, la gran tarea que supuso la movilización de todos los descendientes en la diáspora también debemos agradecérsela a Néstor. Recuerdo la incertidumbre que por aquellas fechas se cernía sobre su posible presencia, a causa de la inminente guerra de Irak y las presumibles complicaciones en los aeropuertos. Hasta que un día me llamó y me comentó: “Alcalde, finalmente iremos todos”. Y así fue.
Casi todo lo que vino a continuación fue del dominio público y de ello quedó amplia constancia en los archivos del Ayuntamiento y en los medios de comunicación. La creación del Comité de Honor presidido por su Majestad el Rey, el nombramiento de Odón como Hijo Predilecto de la Villa, a título póstumo, y todos los actos solemnes y populares que acompañaron el depósito de los restos en el Mausoleo erigido al efecto en el cementerio municipal. Creo no exagerar si digo que Zuera vivió uno de los momentos más notables y emocionantes de su historia reciente, tanto desde el punto de vista institucional como social. Y fue sin duda la presencia de una nutrida representación familiar, llegada desde sus diferentes países de residencia, el ingrediente que otorgó al acontecimiento un significado más transcendente y emotivo. Fueron para nosotros, y creo que también para ellos, unos días inolvidables.
No es éste el momento de glosar la figura de Odón de Buen, porque tanto para sus familiares como para el conjunto de los zufarienses de hoy es, por fortuna, figura merecidamente reconocida y querida.
Procede decir, sin embargo, que aquellos días, unos y otros teníamos la impresión de estar llevando a cabo un acto de reparación y justicia necesario e impostergable, con su persona, su legado y su historia. Y sí, también con su familia.
Néstor captó como nadie la singularidad y excelencia del momento y contribuyó resuelta y generosamente a crear aquella atmósfera ilusionada que envolvió la bienvenida definitiva del “Republicano de los mares” a su pueblo natal.
Atrás quedaban por fin ultrajes, persecuciones y mezquindades que depararon un final cruel e injusto a un hombre que en vida amó a su país con todo su corazón y todas sus capacidades, que jamás se olvidó de su pueblo y que supo transmitir a su familia un código de valores que sus descendientes han hecho florecer.
Nos consta que la vida de Néstor deja una huella sobresaliente en todos los ámbitos en los que se ha desenvuelto, el profesional, el social y el familiar, para nosotros un testimonio inequívoco y preclaro de que su abuelo “no sembró en arenales estériles”.
Con todo mi afecto y gratitud.

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