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De la necesidad, virtud

Puytroncón

Cuenta la leyenda que en cierta ocasión Victoria Quílez, “doña Victoria”, era una de las pocas mujeres que en Zuera tenía el significado rango de Doña, mantuvo una breve controversia con las monjas de Santa. Ana, que por aquel entonces regían el histórico y hoy desaparecido colegio de “las monjas”.

La controversia, más bien, anécdota, se suscitó a raíz de la imagen de un Cristo que presidía el altar de la nueva capilla del colegio cuyos rasgos escultóricos, al parecer, se apartaban de los cánones clásicos y resultaban a los ojos de las hermanas, demasiado modernos. Corría la mitad de los años sesenta, y la capilla en cuestión estaba ubicada en la calle Cruz Cubierta. Concretamente ocupaba buena parte de la superficie donde hoy se levanta el Centro Cívico Villa de Zuera.

La tal señora Quílez pasaba por ser, entre otras cosas, lo que en términos académicos se denominaba una “benefactora” que, como todo el mundo sabe, es una persona que  “hace el bien”. Ya sabemos que el bien y el mal son a menudo conceptos relativos. No hay más que tener en cuenta que aquella señora que para unos sectores sociales era “Dª Victoria”, para otros, simplemente era “la Quilaz”.El caso es que ejercía sobre las monjas, una especie de mecenazgo, ya que habían llegado a Zuera merced a sus influencias, requerimientos y buenas artes persuasorias. Las Hermanas tenían instalado su colegio y su domicilio  en una propiedad de la susodicha señora.

Pero a lo que voy. Lo que he dado en denominar controversia o anécdota se solventó con una frase aparentemente seca y pragmática que no he dejado de evocar y tener presente en múltiples situaciones desde que tuve conocimiento de ella. Es uno de esos recuerdos que me afloran, de forma recurrente, en cuanto la situación lo propicia.

La frase en cuestión fue la siguiente: “comprendo que el Cristo pueda no ser de su agrado, pero como es el nuestro, de él nos tenemos que enamorar”

Muchas veces he reflexionado sobre esta frase, intentando imaginar el contexto en que fue pronunciada. La autoridad de la persona que la dice, que es quien ha financiado las obras de la capilla, y la perplejidad de las monjas, que son quienes han de llenarla de vida, pero que se sienten un poco convidadas de piedra, al no haber sido consultadas ni siquiera a la hora de determinar  una cuestión aparentemente sencilla, pero a la vez tan medular y esencial para ellas. Quedaba claro que lo de las monjas era rezar y enseñar y algo que, de por sí ellas acostumbran a tener muy interiorizado: obedecer.

Con el tiempo descubrí también el profundo contenido sectario que encerraba aquella frase investida de realismo, que impulsaba a hacer de la necesidad virtud, como única alternativa a adoptar. Ese “como es el nuestro…” me ha dado mucho que pensar. Seguramente porque siempre que nos servimos del nosotros es porque, sencillamente, cerca hay otros: los que no son como nosotros.

En muchas ocasiones he tendido a extrapolar la mencionada frase y su contenido a otros ámbitos de la realidad, a otros marcos, y tengo que reconocer que me ha ayudado a comprender múltiples situaciones personales, individuales y colectivas, así como las ataduras que mantenemos con lo que somos y poseemos. Y me refiero en este caso tanto a nuestro patrimonio tangible y visible, como a aquel otro, hecho de caracteres y  valores que los demás nos reconocen u otorgan, y merced a los cuales establecemos inevitables nexos de identidad.

Pragmatismo puro y duro: hacer de la necesidad virtud. De lo que somos,  tenemos y representamos en un momento dado, en el que se ha infiltrado la contrariedad en nuestra vida. Contemplado desde esta perspectiva, la situación contiene una invitación a luchar contra el desaliento, partiendo de un acto de humildad y resignación que a su vez nos exige una nueva y necesaria lectura de la realidad. De ella, sin duda, saldrán  nuevas interpretaciones y formulaciones que nos forzarán a reubicarnos, a adoptar nuevas posiciones.

O nos amargamos o nos regeneramos. O nos replegamos tras la resignación y la imperfección, o nos reinventamos. Lo que las monjas tuvieron que aceptar de manera imperativa a la par que silenciosa es, sin embargo, una exigencia que se nos plantea a cada instante en todos los ámbitos de la vida. En lo personal, lo social, lo económico. También en lo político. En un momento de tanta incertidumbre como el actual, los que contemplamos la vida desde la izquierda lo sabemos bien.

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