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Bordeaux. Una ciudad que no defrauda

Vista panorámica de Bordeaux. En primer plano el río Garona

Este verano hemos estado en Francia y hemos vuelto embelesados una vez más por ese país al que la naturaleza y la historia dotaron de unos atributos de belleza y riqueza que a los españoles nunca nos han dejado indiferentes. Nuestro primer destino fue Bordeaux, una ciudad  que impacta por tres rasgos de singular opulencia.

En primer lugar porque su nombre sabe a vino desde la época en la que los romanos decidieron inundar al Imperio con sus delicados y hoy carísimos y muy prestigiados caldos. El segundo símbolo de poderío que exhibe impertérrita la urbe es el Garona. Un río que comparado con cualquiera de los nuestros es “mismamente”, un verdadero mar. No en vano en el recalan grandes cruceros de recreo, su puerto compite en actividad económica con el de La Rochelle, más al norte, y entre sus dársenas todavía se conserva una base de submarinos de la segunda guerra mundial.

El tercer elemento, el que más sorprende y el que más invita a  disfrutar de la ciudad es su moderno urbanismo. Bordeaux es una ciudad tradicionalmente rica merced no sólo a sus afamados vinos, sino también a su privilegiada situación geoestratégica a la cual los girondinos han sabido extraer rentabilidad a lo largo de los siglos. La burguesía bordelesa siempre miró de tú a tú a los prohombres y a las instituciones de París. Este hecho se percibe enseguida cuando reparas en su arquitectura, en sus espacios públicos y en los materiales, el diseño y la textura de sus edificios. Esos elementos proporcionan a sus calles, muy bien cuidadas, un cierto sabor decimonónico. Sin embargo, Bordeaux es una ciudad extraordinariamente renovada y moderna en cuyo casco urbano reina  un silencioso y elegante tranvía que ha permitido no sólo reducir el tráfico de vehículos a su mínimo exponente, sino que  ha permitido devolver a los peatones grandes superficies urbanas. En Bordeaux sobreabundan los espacios peatonales, circunstancia que ha contribuido, por un lado, a hacer la ciudad mucho más acogedora, cómoda y transitable y por otro,  a revitalizar el comercio de una manera sorprendente. En este sentido, nos llamó la atención que a pesar de no ser una ciudad eminentemente turística, si que contiene tal número de atractivos que ha conseguido situarse entre las más visitadas de Francia. Fue un acierto acercarnos hasta Bordeaux. Estuvimos a punto de visitar la cercana ciudad de Arcachón, donde las dunas y las ostras ofrecen, dicen, atardeceres inolvidables. Pero estaba escrito que aquella tarde Puyol, Carles, le iba a meter a Alemania el golazo que habría de llevarnos a la final del campeonato del mundo…

No llegó a haber discusión. A Arcachon nos podríamos acercar en cualquier otro momento.

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