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Aquella calle Mayor

(Sólo para mayores)

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El sol cae tumbado por el callizo Perales, cuando un bullicioso tropel de gitanos se precipita hacia la calle Mayor y enfila a la confitería. A su paso dejan una estela en el aire que la tarde quieta retendrá hasta bien entrada la noche.
Ante la mirada atenta y complacida de Arturo, arramblan con conchas, merengues y pajeras. De pie o sentados en la acera, inmunes al empalago, se relamen los blancos bigotes y apuran los últimos minutos antes de que comience la segunda sesión del cine Viejo.
Calle Mayor arriba, tendrán que sortear un mar todavía en calma de mesas y sillas que aguardan a que suba la marea. El Benidorm, La Espiga, y el Catalán acogen todavía rezagados del café y guiñote, los que no han bajado al fútbol.
En la puerta del cine, mirando los carteles, hay un tipo de mediana edad, leve melena plisada y botas de media caña. Viste chaqueta de gamuza con flecos y gasta pocas palabras. A manera de complemento porta una fusta que de vez en cuando blande contra su pierna de manera indolente. A pocos metros, recelosos y cautos, unos chicos lo observan desde la acera. Murmuran entre risas contenidas sobre su aspecto extravagante, pero mantienen la distancia… Tiene a su lado un chaval de formas redondas que come pipas de manera compulsiva, mientras contempla, absorto, las caras y gestos de los artistas. Ajeno al despertar de la calle, trata de destripar la trama de la cinta que minutos más tarde le va a cautivar.
Ya ha identificado a protagonistas y secundarios y distingue entre buenos y malos, eso estaba chupado. Pero no apartará la mirada de los cartones hasta que logre atrapar la pulsión dramática de la película. Cuando cree logrado su empeño, su rostro se relaja y sentencia: “Ésta estará bien…”.

Indiferentes a la escena y una vez reagrupados, los gitanos acceden al recinto del cine donde ocuparán buena parte de las bancadas del gallinero. Antes, a pie de escalera, Duarte, ya linterna en mano y con tono imperativo, ha cumplido con el ritual de llamarles vanamente la atención por el jaleo que arman. Desde la ventana de la cabina de proyección, Laboreo, con el pie en el alféizar y el cuerpo reclinado sobre la rodilla, ha venido contemplando los movimientos con discreción y expresión “deja vu”. Cuando consuma el cigarro que sostiene entre los dedos, con los timbrazos de rigor provocará en la sala el gozoso alboroto que precede al silencio. Abajo, por el hueco de la taquilla, la Antonina continúa expidiendo entradas de manera aleatoria: los niños delante, adolescentes y jóvenes, a mitad, y los adultos al fondo, a cobijo del agitado y coral anfiteatro. Hoy la película es “tolerada”.

Es domingo y a medida que avance la tarde, las terrazas de los bares se convertirán en un enjambre de voces, en un jardín de risas, pero también en un voraz e implacable observatorio cuyo campo de visión cebará los corros de entrometidas y animadas conversaciones. Algunas caducarán al instante, pero otras permanecerán suspendidas en el aire, de donde tal vez desciendan retroalimentadas al domingo siguiente.
Todo un heterogéneo y representativo muestrario de personajes cercanos se abre paso y sacude la calle tejiendo cordialidad, afirmando vínculos y sembrando deseos. Un manto de sensaciones amables otorga al ambiente un aire familiar, casi doméstico, donde cada cual ocupa su sitio y nadie se siente desplazado. A medida que el calor remite, crece y se extiende la algarabía que el paso del tiempo preñará de nostalgia y ternura.
La aglomeración de terrazas reconduce el tránsito peatonal por estrechos desfiladeros donde convergen las miradas a raudales: unas, discretas, furtivas, otras y sin recato alguno, todas las demás.
Una vez precisado el blanco, todo en él es objeto de minuciosa evaluación: identidad, rasgos, planta y maneras en el vestir. Ropajes y complementos guían a veces al ojo observador, hasta el fondo de los armarios. En ocasiones, basta una nariz prominente o unos ojos rasgados para dejar a la intemperie el tronco familiar o el árbol genealógico del sujeto enfocado. El intenso y minucioso repaso derivará en las más variopintas y encendidas conclusiones que al instante quedarán sofocadas, cuando el campo de visión sea invadido por la siguiente captura.
No tardan en aparecer quienes desde balcones y ventanas, alternan el encuadre general con los planos de detalle que su privilegiada perspectiva les ofrece.
Atraídos por la animación y el ambiente que irradia la calle, dejan reposar sus cuerpos sobre balaustres y antepechos completando un retablo costumbrista que una semana más tarde será objeto de una nueva representación.

A pocos metros, allí donde la calle Mayor abre sus brazos, asoma un hervidero de gente que no tardará en asaltar los veladores desocupados. Vienen del fútbol. Caminan a buen paso, gesticulan y vocean… Parecen contentos…, se diría que el Zuera ha ganado.
Cuando caiga la noche y el silencio invada de nuevo la escena, la calle Mayor de Zuera habrá vuelto a mostrar una vez más, sus credenciales, su irreductible magnetismo. Niños, jóvenes y mayores habrán depositado a su paso la ofrenda de sus emociones, exaltando la amistad, estrechando afectos y despertando amores. Todo un ritual que sólo en ella puede ser oficiado, porque es allí, en mi calle, donde reside el espíritu que aviva las esperanzas latentes, los silenciosos anhelos, las ilusiones eternas.

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