A sample text widget

Etiam pulvinar consectetur dolor sed malesuada. Ut convallis euismod dolor nec pretium. Nunc ut tristique massa.

Nam sodales mi vitae dolor ullamcorper et vulputate enim accumsan. Morbi orci magna, tincidunt vitae molestie nec, molestie at mi. Nulla nulla lorem, suscipit in posuere in, interdum non magna.

Aquel 23 F

In illo tempore, yo daba clases en un colegio de Zaragoza y compatibilizaba mi trabajo  con mis responsabilidades como concejal en el Ayuntamiento de Zuera. Ambas ocupaciones me hacían sentir feliz. O, incluso, intensamente feliz, ya que reconozco que al ejercicio de ambas me entregaba de manera ilusionada y con verdadero apasionamiento.

Recuerdo que aquella tarde me encontraba corrigiendo exámenes en casa, y tenía encendida la radio con una música que sonaba discretamente, por aquello de no perder la concentración. De pronto, la emisión se interrumpió para dar paso a un informativo urgente que anunciaba algo extraño que estaba ocurriendo en el Congreso de los Diputados. Como los golpistas no tuvieron la agudeza de cortar las comunicaciones, enseguida pudimos hacernos cargo de lo que estaba sucediendo en el hemiciclo.

Seguramente porque hacía poco tiempo que había acabado la carrera y todavía la historia de España me salía por las orejas, la primera sensación, el primer sentimiento que experimenté no fue ni de alarma, rabia o frustración, sino de tristeza. De una tristeza infinita: ¡este país no tiene remedio!, me dije, y pasados los primeros minutos de perplejidad, me dispuse a ir al Ayuntamiento que era el lugar donde pensaba que estaba mi sitio en un momento como ése, habida cuenta de que era un cargo público, democráticamente elegido.

Como la noticia corrió como la pólvora, cuando salí a la calle, en el ambiente se había instalado ya un silencio sordo, cargado de temor, sospechas y miradas fugaces.

Cuando llegué a la antigua casa consistorial, pensé que seguramente mis compañeros concejales habrían tenido la misma idea que yo. Sin embargo,  allí solamente encontré al  entonces Alcalde, Andrés Cuartero, atento a las noticias que salían de la radio. Durante un rato continuamos los dos siguiendo los acontecimientos, mientras comentábamos y hacíamos hipótesis acerca de cómo podía evolucionar la situación en general y, particularmente, en Zuera. En ello estábamos, cuando la emisora informó  de que los tanques habían ocupado las calles de Valencia, momento que ambos interpretamos de manera sumamente alarmante y como señal de que la situación podía evolucionar de manera dramática e irreversible. Decidimos ambos retirarnos, pero no a nuestras residencias habituales, sino a otras distintas desde las que seguimos telefónicamente en contacto y, como el resto del país, expectantes y preocupados por el cariz que habían adoptado las cosas.

Supongo que, como la mayor parte de los españoles, nos acostamos después del tranquilizador y reconfortante  mensaje del rey, cuya figura se agigantó aquella noche como por generación espontánea. Se agigantó, y creo que también se instaló en el corazón de la mayor parte de los españoles, incluidos los más escépticos con la monarquía y no pocos  republicanos.

Al día siguiente me fui al colegio con el transistor. La tormenta ya había pasado, pero la excepcionalidad y la trascendencia del momento me llevaron a convertir todas las clases que tenía que impartir aquel día, en coloquios y debates sobre los valores democráticos. Así lo hicimos y creo que los chavales, aunque seguramente no estaban preparados para captar la gravedad del momento, si se percataron perfectamente de que habían asistido con toda probabilidad a uno de los momentos más trascendentales de su todavía corta vida.

Regresando a casa, en Zaragoza, vi en el televisor de un escaparate, sin sonido, la figura grotesca de Tejero gesticulando desde la tribuna del hemiciclo y esas imágenes vergonzosas y dramáticas que tantas veces hemos visto y que muchos de nosotros ya no olvidaremos jamás.

De vuelta  a Zuera se impuso abrir un capítulo de recapitulación. Los acontecimientos habían dado cierto sentido a algunos rumores que días antes divulgaron la llegada de armas a un determinado establecimiento de la localidad. Y aunque tales rumores parecían inverosímiles, la experiencia vivida aquella noche nos hizo pensar a muchos de nosotros que lo acontecido obraba en el conocimiento de algunas personas de Zuera. También entra dentro del campo de la leyenda, al margen de que fuera o no cierto, que un grupo de personas de corte franquista permanecieron en un bar de la calle Mayor hasta altas horas de la noche-madrugada, según se dijo, confeccionando una lista, que seguramente no sería electoral porque elecciones no tocaban hasta el 83, dos años más tarde. También se dijo que un joven fascista que más tarde se haría demócrata y llegaría a ocupar un alto cargo fue aquella noche a ponerse a las órdenes del comandante de puesto de la Guardia Civil. Sin embargo este extremo no pudo ser constatado con posterioridad.

Lo que no fueron leyendas fueron las pintadas de signo golpista que aparecieron tal noche en algunas fachadas de nuestras calles. Sin duda la más famosa fue aquella que, durante años permaneció por su valor testimonial, como un testigo mudo, en la pared del “cine Viejo”:  “Zuera, zona nacional”, rezaba. El graffiti estaba trazado con un spray negro y buena caligrafía, atributo grafológico que seguramente conservará su autor, producto del crónico embotamiento intelectual que, según me dicen, continúa  padeciendo.

Leave a Reply

You can use these HTML tags

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>