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A, con, contra, para, por Beatriz Talegón

Beatriz Talegón

Hace tiempo que contemplo o vivo la política desde un plano de conjunto. Solo circunstancialmente acerco el zoom, porque en estos tiempos que corren, con frecuencia solo sirve para amplificar los disgustos.

En ese tranquilo enfoque estaba, cuando entró en escena Beatriz Talegón y no tuve más remedio que cambiar de lente para cerciorarme de que era real lo que estaba viendo y escuchando.

Sí, reconozco que soy uno de ellos. Una de aquellas  personas que hace unos meses, cuando saltó a la palestra, o a la pantalla, quedó súbitamente impactado por su intervención: contenido, maneras, momento y lugar escogido.

Me acudió a la mente uno de esos montajes cinematográficos que a menudo nos ofrecen los documentales de naturaleza en los que, de manera súbita y esplendorosa, vemos crecer y florecer determinados brotes que en un instante acabarán transformando e iluminando el paisaje.

Claro está que enseguida me taché de ignorante y  desinformado: “si esta chica está donde está y ocupa el cargo que ocupa, seguro que no es una flor silvestre. A ciertas instancias no se accede si no procedes  de determinados sistemas de cultivo”. Sin embargo, decidí posponer la leve suspicacia y el manifiesto prejuicio que tal observación contenía y entregarme de manera confiada a la emoción del momento. Porque ciertamente esa sensación es la que experimenté: una mezcla de emoción y esperanza, al compás de un intenso bombeo arterial.

El Partido Socialista, al cual pertenezco –y al cual me gustaría seguir perteneciendo- es un colectivo que en su componente orgánico debe someterse a una profunda renovación. Y no se trata de un simple “lavar y marcar” en este caso, sino de un cambio trascendental que transforme radicalmente la penosa imagen que en este momento proyecta. Es decir,  que no consiste esta vez en retocar el componente teórico y  que vuelvan a rotar sobre sí mismos los que allí habitan desde décadas ha, sino de asumir los riesgos inherentes a lo que exige un verdadero cambio de época.

 

Este tipo de cambio precisa inexcusablemente del impulso ético y estético del exterior.

Y ya sabemos que todos los grandes impulsos transformadores que se dan en la historia conducen a la denominada destrucción creativa, proceso mediante el cual entran en conflicto el orden viejo y el nuevo y en el que acaba imponiéndose el nuevo enfoque. Si bien es cierto que asumiendo un bagaje de valores viejos que vienen a “atemperar” las nuevas expectativas.

 

No hay síntesis sin colisión previa

Soy de la opinión de que  para que esa síntesis se produzca, debe existir previamente una colisión, una confrontación de planteamientos y perspectivas que en este caso, y a mi juicio debería ser poderosa. De tal manera que lo que surja de ese particular big bang pueda desarrollarse con las menos hipotecas posibles. Si no, y siempre a mi modesto entender, supondrá un fracaso de consecuencias imprevisibles.

Si esta chica, Beatriz, es de verdad, que yo creo que lo es, sería muy de agradecer, al menos para todos aquellos que comparten esta perspectiva, que se decidiese a saltar al ruedo. No faltará quien le advierta acerca de los riesgos que deberá asumir. Si es lo que parece, los asumirá, no en vano en ella parecen aunarse magistralmente la ilusión y la determinación….Aunque de un tiempo a esta parte me tiene un tanto desconcertado, nos pone mucha música y a veces da la sensación de que se le ha acabado la letra…

 

 

Los tempos

Continúo. También es cierto que en una situación como la actual, la prisa puede ser muy mala consejera. El deterioro es tal que hoy por hoy me parece  mucho más relevante configurar el  cómo  y, sobre todo, el con quién, que determinar el cuándo. Y eso a pesar de la agenda que a corto plazo tiene establecida el Partido. Omito decir que hay que estar permanentemente preparado para el día en que ese “cuando” comparezca.

Sabemos que no hay tiempo que perder, pero la cosa no va ni de un año ni de dos, ya hemos dejado claro que no hablábamos simplemente de coyunturas, sino de algo que debería incidir incluso en el ser más hondo del Partido. Eso es al menos lo que yo creo que requieren los tiempos. Nuestros tiempos.

El Partido Socialista tiene más de ciento treinta años de historia, largo periodo a través del cual ha tenido que encarar situaciones mucho más complicadas que la presente. Ahora bien, las permanencias en el tiempo exigen, si no ausencias, sí etapas de recogimiento  a la espera de que vuelvan a concurrir las condiciones que nos hagan merecedores del triunfo. Condiciones que, dicho sea de paso, hay que contribuir a crear. Llegado el  momento, podremos interpretar que la sociedad ha comprendido que volvemos a ser necesarios. Porque hoy, al menos en su conjunto, no es esa la percepción que parece tener.

Mientras tanto, como digo, no podemos estar de brazos cruzados. Debemos poner nuestro inmenso potencial operativo en manos de los que mejor saben, si no leer, sí intuir el futuro. Es decir, en manos de los jóvenes. Prefiero que sufran, se equivoquen y se curtan ellos que verme arrastrado por el “bienintencionado” e interesado instinto de conservación de las gentes- compañeros- que hoy creen representarme.

 

La juventud de Beatriz

Termino como he comenzado, volviendo a  Bea. De ella me interesa, sobre todo, lo que representa, un valor no solo potencial, sino real. Ya vale de prometerles a los jóvenes lo del  futuro… Si se decide, tendrá que conquistar su territorio palmo a palmo, no podrá hacerlo sola y, lo más importante, cuando lo logre, si es que lo logra, ya no será la misma persona. Pero prefiero el cambio al que pueda ser sometida gente como ella, que esa generación de jóvenes prematuramente madurados que se crían bajo el palio orgánico y se dejan domesticar a cambio del acomodo  laboral, sea este orgánico o institucional.

Espero que sea ella, y cientos como ella, los que en cualquier momento dejen de reivindicar el futuro y se decidan a ocupar el presente, ese presente que a otros nos perteneció en su día. Nos interesa, nos importa la perspectiva actual que ellos tienen de lo que debería estar por venir, antes de que el devenir se la cambie.

 

 

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