A sample text widget

Etiam pulvinar consectetur dolor sed malesuada. Ut convallis euismod dolor nec pretium. Nunc ut tristique massa.

Nam sodales mi vitae dolor ullamcorper et vulputate enim accumsan. Morbi orci magna, tincidunt vitae molestie nec, molestie at mi. Nulla nulla lorem, suscipit in posuere in, interdum non magna.

Aquel tres de Abril

Antigua Casa Consistorial de Zuera

Casi todos los días tiene lugar el aniversario de  algún hecho o acontecimiento que tuvo relevancia en nuestras vidas o transformó el mundo al que pertenecemos. A veces, como en el caso de la caída del muro de Berlín o el atentado de las Torres Gemelas, se trata de verdaderas sacudidas cuya onda expansiva recorre el planeta entero.

Dependiendo del calado de la contingencia que se rememora, nos gusta cargar de significado la fecha, envolviendo el aniversario en un halo de conmemoración. Es una  forma discrecional de recrear y revivir algunos momentos que el tiempo convirtió en hitos y, de paso, volver la atención sobre nosotros mismos, echando una mirada al espejo retrovisor.

Mañana, día tres de abril, se cumplirán años de las primeras Elecciones municipales democráticas. Hay una calle en Zuera que lleva ese nombre: Tres de abril. Cada año, como es normal, el calendario nos ha venido deparando el aniversario de esa fecha. Sin embargo en esta ocasión, tan dados como somos a las mitificaciones, adquiere un significado diferente. Han pasado cuarenta años desde aquel día. Cuarenta años de episodios que no sólo han transformado el país y sus pueblos y ciudades como nunca antes a lo largo de su historia, sino también nuestras vidas. Para las gentes de mi generación, lo de los cuarenta años contiene, además, un significado antagónico porque nos resulta difícil no contraponer este largo y fructífero periodo de democracia con la etapa franquista que lo precedió y que a algunos les gustaría ahora desempolvar.

Aparte de la dimensión política, social y cultural que la fecha estaba llamada a adquirir por los cambios e innovaciones que de la misma se derivaron, la evocación tiene en mi caso una doble perspectiva, por el hecho de haber formado parte de la primera Corporación municipal que aquel día surgió de las urnas.

Debo reconocer que evocar aquel día, tan cargado de emociones e interrogantes, no me provoca ningún tipo de nostalgia. No suelo hacerme concesiones en ese sentido. Cada edad proporciona sus propios horizontes y en los míos tiene poca cabida la añoranza. Pero sí recuerdo que aquel fue un momento extraordinariamente feliz y que venía cargado de una expectación sin precedentes. No en vano, a través de las urnas iban a cristalizar por primera vez  esperanzas e ilusiones que durante los cuarenta años anteriores les habían sido negadas a millones de españoles de casi toda clase y condición. Sentimientos que tenían que ver con la libertad, la democracia y el deseo de cambio y progreso. Sin duda, eran aquellas expectativas las que otorgaban a la ocasión carácter de gran acontecimiento.

Y lo fue. No es difícil reconocer en aquel instante el punto de inflexión entre el antes y el después de la vida municipal. Los ayuntamientos dejaron de ser agentes de control social y político al servicio del poder central para convertirse en verdaderos actores de los cambios que no tardarían en transfigurar  la fisonomía de pueblos y ciudades y las relaciones sociales entre sus habitantes. Dentro de ese contexto general, Zuera no fue una excepción, al contrario. Las primeras corporaciones socialistas se entregaron afanosamente a la tarea y Zuera no tardó en convertirse en un paradigma de municipio emprendedor, donde la confluencia de ideas, proyectos y esfuerzo sostenido convirtieron el municipio en  un referente de vanguardia.

Por primera vez desde la República, los electos lo éramos por la voluntad de los votantes y tan novedosa condición logró inyectar  una corriente de ilusión y confianza en el ambiente que en la calle generaba nuevas expectativas que, de puertas adentro, se traducían en compromiso y en deseos de no defraudar.

Eran momentos en que armonizar las palabras con los hechos, lo que comúnmente se llama coherencia, constituía un valor supremo. Decir y hacer, cumplir, no fallar y, por supuesto, no engañar. El programa electoral era, al igual que hoy, un desiderátum, pero adquiría el carácter de verdadero contrato, un concierto establecido con los ciudadanos y sobre el cual nos obligábamos a rendir cuentas. No sé si dicho de esta forma hoy suena algo naif, pero en aquellos años cargados de ambiciosas ilusiones y buenas intenciones, las dificultades no eran consideradas barreras imponderables, sino contratiempos que había que superar al servicio del interés público. Nosotros éramos los únicos responsables, tanto de los logros como de los incumplimientos, normalmente  producto de los cálculos mal hechos por un exceso de anhelo.

Como es natural, a las generaciones más jóvenes, aquellas que ya nacieron en democracia, les resultará difícil comprender la importancia y  magnitud histórica de aquel día. En algunos casos habrán oído hablar a sus padres y familiares de aquel momento y seguro que, en un momento dado, todos  tomaron contacto con esa realidad a través de sus libros de texto. Pero los más mayores sabemos que nada equiparable a la experiencia de haber sido testigos y artífices de aquella privilegiada coyuntura.

El Zuera por el que hoy se mueven tres mil habitantes más que hace cuatro décadas es hijo de aquel día, de aquel cambio de rumbo. Su vida económica, social y cultural se asienta en buena medida sobre la base de toda una serie de transformaciones que el pueblo de Zuera y las sucesivas corporaciones democráticas supieron, primero, materializar y después conservar y llenar de contenido hasta configurar la realidad nueva que hoy disfrutamos. Me ha parecido oportuno recordar hoy, que bajo ese manto de bienestar subyacen cientos y cientos de ilusiones que en su momento fueron el  verdadero germen que engendró nuestro actual marco de relación.

 

La Fageda, una realidad hecha de sueños

 

Acabo de efectuar recientemente una visita a La Fageda. Tras ese nombre que en catalán evoca a un envolvente e idílico bosque de hayas, se esconde un proyecto de inserción social que por su singularidad ha despertado el interés de miles familias, medios de comunicación e instituciones nacionales e internacionales. Todos ellos ven en su experiencia una exitosa referencia de lo que debería ser la atención y el sistema de integración de determinados sectores de población que arrastran el estigma de ser “diferentes”
La Fageda es una corporación cuya actividad parte de una doble visión: la social y la empresarial. Y que antepone la primera a la segunda. Es decir, concibe la empresa, no a la manera convencional, una organización que produce bienes o servicios a cambio de una rentabilidad económica, lo que es propio del Mercado, sino como un ente al servicio de los trabajadores. En este sentido se parece a una cooperativa. Sin embargo no reside ahí su mayor peculiaridad, sino en el hecho de que quienes trabajan en ella son personas que sufren algún tipo de enfermedad mental, trastorno psíquico o lo que, comúnmente conocemos por discapacidad.
La filosofía que subyace en ella es que todos los humanos poseemos facultades y como tales, merecemos tener acceso a un puesto de trabajo, que es el medio a través del cual, en una sociedad como la nuestra, podemos ejercer nuestra dignidad personal e integrarnos socialmente. Reniega del paternalismo y son la solidaridad y la organización las que suplen la caridad, prisma a través del cual se ha contemplado históricamente la atención a los enfermos mentales.
El largo y sin duda enrevesado recorrido de La Fageda arrancó hace varias décadas y basta contemplar sus instalaciones en funcionamiento, las personas que en ellas trabajan y, sobre todo, los resultados que obtienen, para que se despierten en nosotros múltiples interrogantes cargados de emoción, curiosidad y admiración. Deseamos saber cómo han llegado hasta allí, cómo se articula su funcionamiento, qué ideas o ideales la inspiran, cómo se sostiene y, en definitiva, cómo se ha producido el milagro. Porque un auténtico prodigio de integración social es el que encarna esta arriesgada e innovadora experiencia que bien podríamos calificar de modélica.
Tuvimos noticias de su existencia a través de los medios de comunicación y, más concretamente, de la televisión. Las imágenes nos mostraban una moderna instalación agropecuaria donde a las vacas se les estimulaba a dar leche escuchando música barroca. Se veían viveros donde se cultivaban hortalizas y plantas de jardinería y, lo más sorprendente, se fabricaban yogures y otros productos lácteos de primera calidad.
Esto último lo ratifica el mercado que se traga cada día toda la producción que generan y sitúa a la empresa en lo más alto del ranking de eficiencia de las de su sector.
Sin embargo, como enseguida queda claro, la rentabilidad económica – imprescindible por otra parte- no es el objetivo fundamental de la empresa. Pero sí, condición sine qua non. Su objetivo fundamental es preservar el respeto, la dignidad y el sustento de los hombres y mujeres que allí trabajan. Personas que, con sus limitaciones, al disponer de condiciones adecuadas, acordes con sus peculiaridades, son capaces de elaborar mediante su trabajo unos productos altamente competitivos y, por supuesto, rentables.
Debo reconocer, no obstante, que más allá de cuanto tiene de sorprendente, creativa y merecedora de todo tipo de elogios la empresa o la Fundación que la gestiona, lo que verdaderamente terminó de seducirme fue descubrir la persona que estaba al frente de todo aquel tinglado. Se trataba de un señor nacido en Zuera y que llevaba, y lleva, por nombre, Cristóbal Colón. Puedo asegurar que aunque el nombre que arrastra le ha hecho objeto de todo tipo de bromas e ironías a lo largo de su vida, lo que este zufariense ha conseguido impulsar en colaboración de su esposa, Carmen Jordá, y un puñado de amigos y estrechos colaboradores que creyeron en su sueño, no es ninguna broma.
El año pasado, invitado por el Centro de Estudios Odón de Buen, tuvimos la oportunidad de escuchar por boca del propio Cristóbal cómo se había gestado la historia de La Fageda que, en buena medida es su propia historia. Quedamos sorprendidos y prendados de una aventura que con el paso del tiempo ha derivado en una de las experiencias más innovadoras y revolucionarias de cuantas han tenido lugar en el campo de la integración de las personas con disfunciones psíquicas y físicas. Sin embargo ha sido la contemplación in situ de la experiencia la que nos ha transmitido la verdadera magnitud de la tarea llevada a cabo por un equipo de personas encabezadas por este hombre que, siendo todavía un adolescente, salió de Zuera sin sospechar el cometido que el devenir le tenía reservado.

PD. La Fageda está situada en la comarca gerundense de La Garrotxa, muy cerca de la ciudad de Olot. El Centro de Estudios Odón de Buen planea organizar el próximo otoño una visita a dicho lugar para todas aquellas personas que tengan interés en conocer tanto sus instalaciones como su funcionamiento.

A Julia

Hay personas cuya sola presencia genera una corriente de calma y serenidad allí donde aparecen del que resulta difícil sustraerse. A través de su sonrisa esparcen en el aire un imperceptible aroma de paz y dulzura que activa en nosotros esa fuente de bondad que todos guardamos en nuestro interior.
Julia tenía esa extraña capacidad de contagio y pasará todavía un tiempo hasta que nos demos cuenta de la magnitud de su ausencia. Daba igual el momento y el lugar en el que se produjera el encuentro, era la suya una presencia tenue y discreta, que siempre dejaba tras de sí un regusto afable y benévolo. Una emoción que solo pueden suscitar los corazones agraciados. Imposible no sentirse uno mejor persona al entrar en contacto con ella. Me pregunto si, en su generosidad, sería consciente de esa capacidad balsámica y benefactora que ella envolvía en discreción y mesura. Sea como fuere, solo nos resta reubicarla en nuestras vidas y sentirnos afortunados y agradecidos por haber gozado de su amistad y su cariño. Guardar vivo su recuerdo en el cofre de los afectos más preciados. Evocar su memoria, acudir a ella para disociar lo sustancial de lo accesorio, el sentido sustantivo de cuanto acontece, lo que verdaderamente tiene valor.
De pronto nos damos cuenta de que con ella se nos ha ido a nosotros también un trozo de vida. Se nos ha roto el puzle donde Julia habitaba y armonizaba el conjunto. Llenaremos el hueco que deja con todo nuestro caudal de gratitud hasta convertir su evocación en un mar de sonrisas, nostalgia y alegría.

Con todo nuestro cariño a Javier, Victoria, Lucía y Jorge

Javier y María Jesús

El colegio público Odón de Buen. Su futuro

A veces, sirviéndome de alguna fotografía de la época y del testimonio de personas que ya no están entre nosotros, he tratado de imaginarme cómo era, arquitectónicamente hablando, el Zuera del primer tercio del siglo pasado. Un pueblo en cuyas calles sin pavimentar predominaba un tipo de vivienda unifamiliar de contextura y proporciones modestas. No era extraño observar a través del descorchado de sus fachadas los materiales de que estaban hechas, en general piedra de yeso y adobas. Las Lomas y el río ponían estos sencillos materiales al alcance de cualquiera que gozase de determinados medios. También abundaban en él, las cuevas. Unos habitáculos para cuya construcción tan solo se precisaba un pico y una pala, una gran determinación, hecha normalmente de penuria, y horas y horas de esperanzados sudores. Toda esa ladera que hoy constituye un extraordinario mirador sobre el casco urbano y la vega del Gállego, estaba salpicada de oquedades que albergaban la vida de las familias con menos recursos del municipio.
La estampa que intentaba recrear se me antojaba la de una población donde la escasez y las limitaciones eran el denominador común de la mayor parte de las gentes que lo habitaban.
Y en ese vetusto escenario es donde, acto seguido, he intentado concebir el impacto que debió suponer la aparición de un edificio tan imponente como el colegio Odón de Buen. El extraordinario contraste que en su día debió suponer la presencia de ese soberbio inmueble destinado a la educación, en relación con el indigente entorno arquitectónico. Mucho ha llovido desde entonces, pero a pesar de las vicisitudes históricas por las que tuvo que atravesar desde su creación, nada ha impedido que tanto la instalación como el personaje que la impulsó, y a quien debe su nombre, hayan adquirido rango institucional en la Villa de Zuera.
Después de noventa años de provechoso servicio y merecido prestigio, se nos anuncia que el Colegio Odón de Buen, en breve, dejará de desempeñar su función como centro de enseñanza. La noticia, que constituye una buena nueva, en cuanto está suscitada por la inminente construcción de un moderno colegio que incorporará prestaciones contemporáneas, nos despierta, sin embargo, el justificado interrogante acerca de cuál va a ser su futuro. Habida cuenta de que nada se ha apuntado hasta la fecha sobre este particular y que se trata del edificio civil más emblemático de cuantos aportan cualidad al casco urbano de Zuera, me tomo la libertad de poner el tema sobre la mesa.
No incurriré en la temeridad de apuntar cuál debería ser su posterior destino, pero sí señalaré el alto riesgo que conlleva dejar sin uso una instalación de estas características, sin que previa o simultáneamente exista una idea clara acerca de qué función pueda asumir llegado el momento, mediante la oportuna adaptación. Se trata de ideas, de contenidos y, por supuesto, de recursos para poderlos materializar. La historia del patrimonio arquitectónico está plagada de desastrosas experiencias que se convirtieron en tales por ausencia de previsión, por avatares políticos o por falta de perspectivas de futuro. El antiguo teatro Fleta de Zaragoza, del que solo queda la fachada apuntalada y las cerchas de la cubierta, nos ofrece en este sentido un ejemplo paradigmático y cercano.
En las últimas décadas han jalonado y enriquecido el paisaje urbano de Zuera una serie de equipamientos públicos que, hasta la fecha, el tiempo ha bendecido llenándolos de contenido, funcionalidad y sentido. Ninguno de ellos, sin embargo, está ungido por el aura histórica y la dimensión social que el colegio Odón de Buen arrastra consigo. A todo lo cual hoy cabría añadir un importantísimo valor que el desarrollo urbanístico del municipio le ha proporcionado. Se trata de su centralidad. Cuando se construyó, en el año 29 del pasado siglo, el colegio quedó emplazado, si bien junto a la carretera, en una zona verdaderamente periférica. Tras él –o frente a él, si se prefiere- se abrían los campos y los huertos. Hoy goza de una posición privilegiada en la cartografía urbana, que cabría complementar convirtiendo el actual patio de recreo en una potencial plaza pública. Si bajo ella situáramos un aparcamiento subterráneo, no solo se mejoraría el acceso al mismo desde cualquier parte de nuestro disperso municipio, sino que éste vendría a aliviar el creciente y cada día más notable problema del estacionamiento de vehículos.
Tal vez sería oportuno que se adoptara alguna iniciativa al efecto, por parte de los organismos a quienes compete más directamente la toma de decisiones. Pasos que contribuyan a alumbrar esas posibles alternativas de uso y que garanticen y afiancen el valor icónico que la historia ha otorgado al colegio público Odón de Buen.
Javier Puyuelo Castillo

La Guía

Tesoro de los atenienses. Delfos

Apenas comenzado nuestro periplo por el Peloponeso, aquella mujer resuelta, metida en curvas y de maneras medio simpáticas lanzó el primer y sutil aviso para navegantes: “sepan que si alguien desea ir por su cuenta, porque le gusta hacer fotografías o no le interesan mis comentarios, que no me molesto ni me ofendo, pero, eso sí, no trastornen la marcha del grupo, que no tengamos que ir en su búsqueda”
La misiva me sonó tan obvia que no pude menos que darle la vuelta. Acababa de lanzar una amenaza. Y no me falló la intuición. Todo cuanto vino a continuación supuso una sistemática ratificación de que, efectivamente, la atención y el respeto debidos en este tipo de situaciones, en realidad nos iban a ser exigidos. Nuestra acompañante, un ego inquieto e hipertrofiado, rebosaba oficio y conocimientos, pero no se conformaba con transmitir con convicción y firmeza todo tipo de verdades cuestionables, reclamaba además silencio, docilidad y acatamiento.
Supongo que mi natural tendencia a la autonomía no le pasó desapercibida. O tal vez fueran la mirada o el gesto, que a veces me traicionan. El caso es que un par de intentos de acercamiento por cuestiones modosamente planteadas fueron resueltos con una indolente profesionalidad que no me dejó lugar a dudas: “se había quedado con mi cara”.
Yo había preparado metódicamente mi visita a Grecia, arte, mitología, historia, territorios…, todo aquello que en mi época de estudiante me había cautivado. De manera más o menos consciente, iba en busca de aquellas emociones. O tal vez, al encuentro del joven exaltado por el arte que un día las albergó en su interior. Llevaba mi propio trazado y andaba dispuesto a darle prioridad. De ahí que una buena parte de la información que de manera inclemente se vertía sobre nuestros sentidos, me resultase superflua y convencional. Aunque no fuera así para todo el mundo. Todavía puedo contemplar el embeleso con el que algunos miembros de la comitiva seguían las declamaciones de nuestra amiga. Pero estaba claro que cualquier bienintencionada duda podía ser interpretada por nuestra condotiera en clave de competencia.
No es extraño que entre las personas que ejercen como guías turísticos, la trillada repetición de contenidos les lleve a adoptar actitudes más propias de la interpretación escénica que de la mera documentación. Excitadas por la atención que parecen suscitar sus comentarios entre la camada que les rodea se sienten raptadas por las musas y acaban convirtiendo la noble y rutinaria tarea de informar e ilustrar en una verdadera dramatización. Llegado ese momento, se sueltan la melena, se les agita la respiración y se transfiguran ante la mirada cautivada y perpleja de la audiencia, que duda si se trata de emoción o de mera sobreactuación. Helena, no podía responder por otro nombre, era una de ellas.
Helena ejercía su función de manera tan contundente y segura como autoritaria y absorbente. Su voz actuaba como una máquina de montaje que permitía retroceder en el tiempo hasta situar cualquier maltrecho vestigio en los lugares donde el artista los concibió y los canteros encajaron.
Fustes y capiteles, metopas y cornisas, frontones y acroteras, todo tipo de piezas parecía cobrar vida al reclamo de su categórica estampa y volar en busca de la armonía y el orden que un día solidariamente forjaron. Tenía algo de admirable la fe y la vehemencia con las que aquella señora se entregaba a su trabajo. Su desvelo por el orden y la organización, su sentido de la responsabilidad, así como su afán protector del séquito que le había tocado en suerte. Todo ello envuelto en una ortodoxia religiosa y patriótica digna de un aristócrata ateniense. Seguro que si Pericles levantara la cabeza, se sentiría orgulloso de su paisana.
Viajar a Grecia es como visitar el escenario devastado tras una batalla que ha durado siglos, pero del cual han desaparecido el espanto y la desolación, dejando en el aire un sugestivo aroma que oscila entre lo épico y lo poético. Imposible no abandonarse ante su contemplación y admirar la solidez de una civilización alimentada de mitos, luchas e ideas esculpidas en mármol pentélico. Entre aquella amalgama de ruinas, y piedras desarticuladas, rodeada de olivos y bajo un sol radiante, se alzaba imponente la figura de Helena en un gesto de suprema reivindicación de un pasado y una cultura sin cuya existencia resultaría difícil comprender la composición del gobierno que acaba de llevar a cabo nuestro novel presidente de gobierno.
PD. Aunque hoy la recuerdo con cierta nostalgia, perderla de vista supuso algo más que un respiro, una liberación.