Quién es el encargao?

Recientemente han pasado ante mis ojos un par de carteles referidos al cierre de la biblioteca municipal en horario de mañanas, en los que me ha apetecido recrearme un rato.

Lo que me llamó más poderosamente la atención del primero de ellos no fue la indocumentada maquetación con el logo del ayuntamiento a la derecha de la página y un dibujo infantil a la izquierda, más propia de un trabajo de parvulario que de un anuncio Institucional. Tampoco la ausencia de firma, de referente. Si bien el cartel dejaba bien a las claras que se cerraba el establecimiento por las mañanas, nada nos decía, sin embargo, acerca de quién trasmitía el mensaje y, mucho menos, quién era el “autor intelectual” del mismo. Porque es evidente que el mensaje no tiene el mismo impacto mediático y alcance social si lo firma la Bibliotecaria titular, que ya dedujimos  que no, la concejala del ramo, verdadero ariete cultural del municipio, el alcalde en funciones o el revenido alcalde.

Lo que mereció más mi atención fue ese por “causas ajenas a nuestra voluntad”, ese tirar la piedra y esconder la mano, esa renuncia terca a asumir cualquier responsabilidad de las situaciones que tienden a romper la rutina cotidiana que, por lo visto es lo único que son capaces de gestionar estos prohombres que más que representantes políticos se me antojan “encargados” a la manera en la que esta palabra era empleada hace años en los reconfortantes monólogos de Gila. ¿Está el encargao..? Pues no, no está ni sabemos a qué hora vendrá.

En el segundo cartel, sin embargo ya se ve otra mano como más profesional. Muy chapucera y redundante, por cierto y con unos detalles que hace que nos resulte como más familiar, merced a un implícito “…no como antes”. Aunque introduce un cambio de formato, incorpora las dos tintas y un cambio en los tipos- que se note que hay un especialista-, sitúa sin embargo, un colgajo de dos puntos que pone de manifiesto de qué no entiende el autor. Y decimos autor, porque del conjunto de la prosa se desprende un tono-tufo recio y viril que difícilmente pasará desapercibido a los viejos sabuesos…,que es tanto como decir, a las pituitarias sensibles.

Todo lo cual para acabar diciendo lo mismo que el primero: que no depende de nosotros, que si hay subvenciones…Y digo yo, para qué se piensan estas gentes que lo hacen a uno “encargao”, si no es, entre otras, para asumir de vez en cuando alguna que otra responsabilidad?

Crisis y decadencia

Perspectiva del Barrio de San Juan

Hoy tengo el sereno y creo que fundado convencimiento de que habrán de pasar unas cuantas décadas antes  de que Zuera vuelva a ser objeto de un impulso transformador semejante al  que han dejado patente las sucesivas corporaciones socialistas.

Seguramente tampoco  lo necesita, el mundo está hecho de momentos y miradas.

Las pocas dudas que tenía al respecto las ha venido a disipar la dichosa crisis y ese sentimiento generalizado, mezcla de temor, resignación e indiferencia, que parece haberse instalado en el municipio. Un sentimiento que le vuelve apático e insensible a la progresiva y soterrada involución a la que nos están arrastrando, tanto los ataques generalizados a la sociedad del bienestar y a los derechos ciudadanos, como la baldía representación política instalada en las instituciones locales. Es decir, la legítima, la derivada de los resultados electorales.

Recientemente hemos asistido, entre escépticos y un tanto perplejos a un penoso traspaso de poderes al frente del Ayuntamiento de Zuera, entre las dos personas que encabezaban la lista del PP, las últimas elecciones municipales.

Ni han quedado claras las razones de fondo que han motivado la ruptura del pacto existente entre los dos partidos de la derecha, el PP y el Par, ni mucho menos las que han llevado al anterior alcalde a dimitir. Al parecer, conserva su sueldo y una buena dosis de protagonismo, pero se desprende de las grandes responsabilidades y servidumbres que son depositadas en la persona que era “su” segundo y que ahora ha pasado a ser nuestro “primero”.

Las razones que en su momento fueron expuestas ante la opinión pública son de una inconsistencia y, sobre todo, de una hipocresía tan sobrecogedora que hacen sentir vergüenza ajena, a todas aquellas personas que todavía la conservan. Solamente una cosa ha parecido quedar claro después de contemplar tan lamentable espectáculo: que los acontecimientos parecen haberse alzado por encima de las luces y las habilidades de aquellos que tenían la obligación de controlarlos. Controlarlos y reconducirlos. Y no en aras de los intereses particulares de pretenciosos políticos de oficio, sino de aquellos otros que son los que verdaderamente justifican la existencia del Ayuntamiento. Es decir, los del interés general. Aquel que a todos concierne, en calidad de ciudadanos y vecinos de Zuera.

Como ya es del dominio público, no ha sido así. Hasta tal punto que la primera preocupación que muestra institucionalmente el nuevo Alcalde después de tomar posesión del cargo, eso sí, en el escenario apropiado, en el salón de plenos, es  un intento no pactado de subirse el sueldo.

Me parece descorazonador que en un momento como el que está viviendo el país, de verdadero y nada teatral dramatismo, y en una ocasión que se supone tan sublime en la  vida de una persona, la de ser elegido alcalde de sus conciudadanos – seiscientos de los cuales están en paro-, no encuentre asunto más prioritario que el clásico “qué hay de lo mío”. Sin embargo y como no hay mal que por bien no venga, tenemos que añadir, que ese inoportuno e irrespetuoso gesto ha resultado, además de ingenuo –su propuesta no salió adelante-, clarificador. Clarificador de lo que hay y de lo que podemos esperar. Se diría que existe entre ellos una corriente, no sé si doctrinaria, que les impulsa a supeditar el interés general al suyo particular como condición sine qua non para poder estar operativos.

El paraguas negro de la crisis está ocultando y en algunos casos justificando, la injustificable parálisis administrativa, gestora y emprendedora que sufre el municipio. La ausencia de presupuestos, la irresponsabilidad y la falta de actividad inversora tienen entumecida la maquinaria municipal hasta tal punto, que son las brigadas de limpieza y medio ambiente las que de un tiempo a esta parte ocupan el primer plano de la escena.

De difícil comprensión también se nos antojan los problemas surgidos con el colega, compañero, correligionario,  hermano en Cristo y alcalde de la hermana Entidad Local de Ontinar. Qué le pasa a la derecha de esta noble Villa de Zuera?  Tienen en sus manos el gobierno de la nación, el de la Comunidad Autónoma, el de la Diputación Provincial, el del Ayuntamiento de Zuera y el de la Entidad Menor de Ontinar del Salz, pero no están contentos, discuten, rompen pactos y crean crisis institucionales. Como si el negocio fuera suyo. Tanto poder para acabar siendo víctimas de los conflictos personales.

Harían bien nuestras autoridades locales en asumir, en primer lugar, que son políticos. Efímeros y mediocres, pero legítimos. Pertenecen a partidos políticos, concurren a elecciones políticas y ocupan cargos de responsabilidad política. Y que, por lo tanto, no es de recibo que reduzcan los problemas que nos afectan a todos a cuestiones personales y sometan la toma de decisiones a planteamientos sectarios.

Por nuestra parte, la de cualquier ciudadano perteneciente a la comunidad, tenemos

derecho a exigirles claridad, explicaciones y responsabilidades. No sólo porque es de nuestro dinero y nuestros impuestos de donde  obtienen sus jacarandosos sueldos, sino porque somos muchos  aquellos a quienes nos importa Zuera y sus problemas: los presentes… y los que ellos mismos están generando de cara al futuro.

Ruinas con luz

Mis compañeros del grupo de fotografía conocen mi propensión a hacer de las ruinas un blanco preferente de mi cámara. Como mi afición a la fotografía se ha desarrollado paralela a mi afecto a la naturaleza, sobreabundan en mis archivos aquellas imágenes que tienen que ver con las antiguas instalaciones rústicas, agrícolas o ganaderas, que salpican los montes de Zuera y los más variados rincones del Pirineo, mi segundo hábitat. Todas ellas acostumbran a ser testigos rotos y mudos de otros momentos históricos en los que sin duda disfrutaban de una función y daban vida e incluso esplendor a los paisajes circundantes.

 Las ruinas son fotogénicas, no sólo porque acostumbran a contrastar y destacar con el entorno, sino por esa connotación decadente y romántica que a menudo las envuelve. Sin embargo el magnetismo que sobre mí ejercen  trasciende de la mera contemplación bucólica y alegórica y despierta en mi interior múltiples reflexiones e interrogantes a los que posiblemente nunca seré capaz de contestar. O quién sabe, tal vez sí, aunque cuando lo consiga, su sentido haya cambiado y adquirido ya un nuevo valor.

Me gusta cambiar, modificar y  transformar el mundo que me rodea. Detesto el  inmovilismo que envejece, apoltrona y deteriora todo cuanto toca, ya se trate de edificios, relaciones, personas o instalaciones. Es tal el cúmulo de imperfecciones, deficiencias y limitaciones que día a día tienden a deteriorar nuestro sistema de convivencia, que permanecer inmóvil o acomodado me parece un síntoma de resignación intolerable.

Es esta especie de sentimiento dinámico el que me lleva a conectar con los individuos, las situaciones y los momentos que dieron lugar al esfuerzo, a menudo extraordinario, que exigiría poner en pie y llenar de vida y contenido los innumerables despojos urbanos y arquitectónicos que hoy apenas sirven para dar cobijo a las aves, despertar la melancolía o intentar hacer un buen encuadre fotográfico. Transcurrido el tiempo, la naturaleza paciente e imperturbable irá tragándose todo aquello que se torna quieto  e inerte, camuflando y sembrando de  jorobas el paisaje que otrora fuera enclave de actividad económica,  culto, residencia o, simplemente, refugio.

Me gusta pensar en esas cosas porque así también relativizo el valor de las fotografías que hago, de las cuales disfruto cuando las contemplo o manipulo –poco-, pero sobre todo cuando las veo, encuadro y disparo.

Últimamente estoy experimentando una suerte de re-bautismo fotográfico que me ha llevado al encuentro de un grupo de compañeros y compañeras, amantes como yo de observar y reflejar la realidad a través del objetivo que, dicho sea de paso, de “objetivo” tiene poco, puesto que no conozco mirada que lo sea. Desde aquí quiero agradecerles la paciencia que tienen con mis deshechos arquitectónicos y el estímulo que supone compartir y aprender con ellos “nuevos enfoques visuales”.

Zuera, en vía muerta

El proceso de desestructuración que viene experimentando el Ayuntamiento de Zuera desde que el PP se hizo cargo del mismo no ha llegado todavía a su fin. Aunque sí es cierto que posiblemente haya entrado en una nueva fase, desde que el anterior alcalde, atormentado por la impotencia y la pérdida de cariño partidario, ha optado por una maniobra que le permite permanecer informalmente en el cargo.

Lo normal es que el deterioro continúe porque ninguna de las causas que están en el origen de la degradación institucional han llegado, siquiera, a ponerse en cuestión.

La ausencia de visión política.

Para las gentes del PP en el Ayuntamiento, la política se reduce a mandar, cuando gobiernan, y a añorar el mando, cuando están en la Oposición. Y eso en esos tiempos que corren, -y no nos referimos a la crisis, sino a la democracia-, se nos antoja poco bagaje para hacer frente con garantías, tanto a la gestión municipal como a las imprevisibles y muy variadas situaciones que tanto la sociedad como el propio sistema democrático generan de manera permanente. La democracia es hija de la libertad y la diversidad, en tanto que el mando es una simple derivación del poder, que ni siquiera precisa gozar de predicamento o prestigio para ser ejercido. De ahí que la ausencia de sentido de lo político esté en el origen de la falta de sintonía básica que siempre ha existido entre el PP y el resto de los grupos políticos, sean estos socios o no socios. Como mucho ha existido una comunidad de intereses ante un adversario político identificado como enemigo, al uso de lo que entiende como tal, el jefe de policía de Valencia. No hace falta que diga en este caso, de quién se trata.

Cuando un partido político no obtiene la mayoría absoluta en las urnas, que le permita gobernar sin ataduras, tiene dos alternativas: o pactar con otra fuerza política o intentar gobernar en minoría. Ambas opciones implican servidumbres o, si se prefiere, renuncias. A su ideario, a su programa- si es que lo hubiere- o simplemente a “sus planes”. Tales servidumbres conllevan además determinadas  dosis de riesgo no previsto. Pero es sabido que ese ingrediente en política es siempre inherente a cualquier toma de decisión  sujeta a circunstancias sobrevenidas. Cuando se está en, y mucho más cuando se vive de, lo político, ése es un principio elemental que hay que entender, sin que para ello se requieran mayores explicaciones.

Aquí hubo un pacto hace unos años entre los dos partidos de la derecha cuyo sustrato electoral dominante es común a ambos. De ahí que ambos compartan  los mismos principios ideológicos – es un decir- y las mismas ilusiones: básicamente, que no gobiernen los socialistas. De ese magma  social es de donde ha surgido históricamente la representación del PP y de donde procede también la última remesa del Par.

Ése viene siendo tradicionalmente el impulso motriz, el hondo y atávico componente social que nutre sus candidaturas, al que, lógicamente, hay que añadir, los perfiles y apetitos personales que, como se sabe, el algunos casos son más desordenados que en otros. Es decir, ausencia de la política y animadversión a “la contra”, matizada en función de connotaciones  personales.

Sin embargo, no  son esos prejuicios o condicionantes de partida los únicos factores que vienen a dificultar una gestión eficiente o, simplemente aseada de los asuntos públicos cuando ellos gobiernan, sino la manifiesta falta de solvencia que invariablemente ponen de manifiesto cada vez que acceden al poder. Es la suya una insolvencia generalizada y ambiciosa, trepadora. Asoma y empieza a hacerse patente allí donde termina el sentido de la responsabilidad de los trabajadores y el personal funcionario y el municipio queda a merced de la capacidad organizativa, gestora y política de nuestros dirigentes, que como todo el mundo sabe, aunque buena parte se lo calle,  es extraordinariamente deficitaria. No obstante, llama poderosamente la atención, que  en un momento como éste, en que la práctica totalidad del personal está dedicado a tareas ordinarias y de mantenimiento, los llamados políticos no sean capaces de solventar los pocos problemas que no son resueltos por el personal de la plantilla. Los verdaderamente importantes, los que ellos mismos han creado.

Lo último que hemos podido comprobar es que tampoco saben concertar y articular pactos políticos que estabilicen el normal funcionamiento de la Institución y transmitir serenidad y confianza a la ciudadanía.

El recurso de achacar la responsabilidad  de los fracasos políticos a cuestiones personales es sencillamente ridículo. Además de inmoral, claro. Porque lo que está en juego no son en ningún momento, los intereses de los interlocutores, ora socios ora contrincantes, sino los del municipio y los de las gentes que en el mismo habitan. Ese municipio y esas gentes a las que sin embargo, no se cansan de adular siempre que la ocasión pública se presenta, pero a los cuales ignoran por acción u omisión en sus tomas de decisión.

Es cierto que en los acuerdos y los pactos también intervienen los perfiles, caracteres o cataduras de los representantes políticos, pero esto es una mera cuestión secundaria que debe quedar relegada y sometida a los contenidos de los pactos. Porque los pactos son la política, los proyectos, la ejecución de los programas, el reparto de responsabilidades, etc…todas aquellas cuestiones que inciden o afectan directamente al interés general. Por eso deben ser posibles y públicos. Por respeto a las instituciones y sobre todo a los ciudadanos cuyos intereses, se supone, están en ellos representados.

Nada de todo ello ha sucedido en Zuera, donde en ningún momento ha transcendido hasta la opinión pública el contenido de pacto alguno, ni el que se presuponía tras las elecciones de 2007 ni el que, al parecer, se dio en el 2011 y que recientemente, parece ser, ha quedado extinguido o “muerto”, al decir de otros.

El factor demográfico

La instalación del Polígono Industrial El Campillo, a lo largo de los sesenta comenzó a sentar  las bases para que el municipio de Zuera iniciara una de las más importantes transformaciones de naturaleza social y económica de su historia contemporánea. Cuando la mayor parte de los pueblos de España eran víctimas de fortísimos procesos migratorios que desplazaban a sus habitantes hacia las ciudades, su puesta en funcionamiento supuso, no sólo un muro de contención a dicha tendencia migratoria, sino la transformación del sistema económico del municipio, extraordinariamente dependiente hasta aquel momento del sector primario. Elocuente reflejo de dicho cambio fue la diversificación de las fuentes de sustento de un gran número de familias, en un momento en el que las rentas agrarias comenzaban a ser desacordes con el crecimiento demográfico y las nuevas demandas que el incipiente despegue económico hacían aflorar en la sociedad española.

Paralelamente a ese mecanismo de retención de mano de obra que supuso el establecimiento de empresas en el municipio, ya fueran de nueva creación o producto de la deslocalización, surgió otro de atracción de mano de obra externa, en general poco cualificada, pero que incorporó savia nueva al entramado demográfico local. Zuera comenzaba a hacerse más permeable y heterogéneo desde el punto de vista social y se constataba  la existencia de  una nueva vía de atracción demográfica, diferente a los considerados tradicionales.

La llegada de los Ayuntamientos democráticos supuso para los pueblos y ciudades  un constante y poderoso revulsivo que acabaría manifestándose en todo los ámbitos  de la gestión municipal y muy especialmente en el urbanístico y residencial, marcos donde seguramente se han materializado algunos de los cambios más representativos de cuantos a día de hoy identifican a Zuera. Dichos cambios, junto a otros de carácter medioambiental cultural y social convergieron hasta derivar y convertirse en un nuevo centro magnético a cuyo poder de atracción respondieron cientos de familias que hoy ya forman parte del gráfico social y demográfico del municipio.

El perfil de los habitantes que se han incorporado al municipio la última década responde, en general, a rasgos diferentes a los de aquellos que llegaron a Zuera atraídos por un puesto de trabajo. Aunque hoy los movimientos de atracción estén prácticamente congelados a consecuencia de la crisis, está fuera de duda que la capacidad de captación de Zuera permanecerá latente hasta que vengan tiempos mejores, porque ya no guarda tanta relación con la generación de empleo –aunque ésta se mantenga-, cuanto con un sistema de vida que combina determinados estándares de calidad, derivados de su emplazamiento, su cercanía a la capital y su modernización urbana. Todo lo cual está intrínsecamente vinculado a la política urbanística y de promoción de viviendas desarrollada por las anteriores corporaciones socialistas.

Estos “tiempos nuevos” que han traído hasta nosotros nuevas gentes, hoy convertidos en zufarienses de pleno derecho, traen consigo, como también es lógico, múltiples efectos y consecuencias que impactan en la vida cotidiana del municipio, en sus estadísticas y en su devenir social, económico y, por supuesto, político. Una de ellas es que la población de Zuera se vuelve más fluída, porque una buena parte de sus habitantes carecen del arraigo, y el sentimiento de pertenencia a la comunidad es todavía leve y tardará años en desarrollarse. En muchos casos esa tarea queda postergada hasta la generación siguiente, aunque no necesariamente, ya que los nuevos ciudadanos comienzan a interactuar con el medio desde el momento en que se instalan. En general, representan un sector social mayoritariamente joven, de muy variada procedencia y ocupación profesional  cuyo comportamiento, viene probablemente  determinado por una mayor carga de pragmatismo del que exhibimos los oriundos, más impregnado de sentido patrimonial.

Sería interesante que alguien encontrase atractivo estudiar y sistematizar cómo se va transformando y configurando este nuevo Zuera del siglo XXI, qué hábitos y costumbres tienden a desaparecer, que nuevos usos emergen, qué tipo de simbiosis se establece con los inmigrantes, adónde van a parar los jóvenes que tienen que emigrar, etc.. y, como consecuencia de todo ello, hacia qué tipo de sociedad avanzamos.